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Llega a 50 años la Librería Agropecuaria en Guadalajara, Jalisco

Guadalajara, Jal., 22 de julio de 2020.-Con casi 50 años de existencia la Librería Agropecuaria ofrece a un público especializado en esta ciudad más de 18 mil títulos al servicio del agro mexicano.

Este establecimiento ha sido reconocido por su tipo como el primero a nivel nacional.

La librería fue fundada por los ingenieros Francisco Javier Sainz Ibarra y Jaime Enrique Sainz Salazar, padre e hijo respectivamente, ambos ya fallecidos este último hace apenas 10 meses, entre los años de 1969 y 1970.

Este sitio se ha caracterizado por su legado y continuo crecimiento, siempre al servicio de los especialistas en el campo mexicano, incluso llegó a lo largo de su existencia el reconocimiento en España, por la variedad por los títulos de su inventario.

La estantería de este singular negocio se localiza en Avenida La Paz 1522, en la colonia Americana, en esta ciudad de Guadalajara, sin embargo ante el fallecimiento de sus fundadores y la pandemia del Covid-19, surte sus pedidos. (Redacción MEXICAMPO).

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La ordeña

Agustín Cadena

Mamá estaba ordeñando en el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres. No era común verlo a esas horas, ya que el muchacho salía de la escuela a las nueve de la noche y apenas eran las seis de la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si salió temprano sería porque no tuvo clases.

Cuando Perico llegaba a la hora normal la encontraba, sentada en la cocina, zurciendo calcetines o medias de fútbol de él, con un huevo de madera. El muchacho se acomodaba en una silla en el rincón más cercano al calor de la estufa. Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares a donde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.

Vas a llegar muy alto Perico —le decía.

Lo acompañaba a estudiar hasta muy noche, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa.

Vacía esta cubeta en el bote grande—le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo “no vas a dedicarte a esto”. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.

Mamá —le dijo.

Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta de que le había oído.

—Mamá, ¿no le gustaría enseñarme a ordeñar?

Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo y Perico se sintió incómodo y volteó para otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a ensombrecerse.

—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.

Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y cuando el muchacho se la devolvió, le dijo:

Órale pues, ayúdame. Llévate esta vaca al corral y tráeme la otra. Me la amarras aquí mismo.

Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció. Mamá pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo de él.

¿Quieres que te dé dinero?

—No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido luego.

—Entonces, ¿qué mosca te picó?

—Quiero ayudarle ma.

—Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te voy a dar un cinturón que era de tu papá pa que me lo rellenes de oro.

—Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.

A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía las rodillas cubiertas de moscas verdes y los zapatos, esmeradamente boleados por la mañana, se los había ensuciado de estiércol.

—¿De veras es para usté tan importante que yo estudie?

Perico no pudo aguantarse más las ganas de fumar y sacó un cigarro. Iba a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.

Delante de mí no fumas.

—Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté que si es tan importante para usté que yo estudie una carrera.

—Para eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.

—Por eso ya le dije que le quiero ayudar.

—¿Dejando la escuela?

—Yo no he dicho que la voy a dejar.

Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.

Ya vete pallá adentro que no me dejas acabar, ándale.

—Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.

El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos que decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con CSG.

¿A usté le cái bien Araceli?

—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.

—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?

—Pues si tú la quieres… —le dio la cubeta llena de leche— Al fin nomás es tu novia. No te has de casar con ella.

—¿Y si sí? —Perico se tapó la boca.

Si sí, tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera. Antes no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de mantenerte a ti. Aunque quisiera. No recojo el dinero con la pala.

Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir, rascándose el mezquino que le había salido en un dedo por señalar el arcoíris.

Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego luego se les van los ojos.

Perico hubiera querido terminar de decirle todo, más el tiempo no le alcanzó. Una camioneta que traía ya las luces encendidas entró al rancho y se detuvo frente a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre y al hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas y bigotes.

El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose, y el hermano bajó a la fuerza a Araceli.

Tomado de Página de los Cuentos

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Xochiuaki, frutas y hortalizas que delitan al paladar más exigente  

Por: Joselin Matías 

El despido de ella y varios de sus compañeros de un laboratorio de la industria farmacéutica, donde trabajaba en Tlaxcala, llevaron a Ángeles Santos y sus compañeros a impulsar la empresa Xochicualli, dedicada a la deshidratación de frutas y hortalizas de muy alta calidad, que por su tenacidad logró obtener el certificado Cosher, que le permitirá exportar su producto al mercado judío y algunos países de Europa.

Xoxhiculli está formada por las palabras Xochi (flor) y cualli (virtuosa), las cuales representan a su proyecto que convirtió en realidad después de 17 años de esfuerzo y sacrificios, y que hoy se han visto cristalizados con la elaboración de estas botanas, digno de gustar a los paladares más exigentes.

Ángeles actualmente dirige esta microempresa que inició, en el municipio de San Pablo del Monte Tlaxcala, con cuatro personas que buscaron autoemplearse, luego de la devaluación de la moneda en 1994. Con experiencia y habilidad en la industria farmacéutica, tanto en producción y control de calidad, decidieron darse la tarea de aplicar estos conocimientos y emprender su propio proyecto.

Delgada, morena de sonrisa sutil, Angeles recuerda esos años: “Buscamos diferentes técnicas y maneras de cómo concretar el proyecto. Con recursos propios logramos fusionar un producto con las características que demanda un mercado exigente y conocedor, un alimento nutritivo, sano y sabroso, que es lo que hace la diferencia con el de otros productos comercializados en el mercado”.

Hoy recuerda orgullosa: “El cuidado en la selección del personal y área de capacitación y el buen ambiente de trabajo en equipo que teníamos en el laboratorio, nos permitió formar una microempresa con los estándares de calidad, que se requieren para ofrecer un buen producto al consumidor.

Actualmente su empresa trabaja con productores de nopal, fresa, manzana, plátano y algunas hortalizas, quienes le venden el producto para su posterior tratamiento y deshidratación. La oportunidad que les ha brindado la Secretaria de Agricultura, de dar a conocer su producto en ferias y exposiciones les ha permitido crecer poco a poco.

Su intención es exportar a más países en la medida en que su producción aumente, pues hasta la fecha no han tenido un volumen de producción que no les permite cubrir la demanda de otros mercados. Por ahora cuentan con el apoyo de una persona que es mexicana y que se encuentra en Austria, país al que desde hace aproximadamente 7 años mandan su producto.

Del equipo que inicio el proyecto lamentablemente solo quedan dos personas, ya que este trabajo requiere de mucho sacrificio y un buen apoyo económico, y no todos tienen la posibilidad; aunque su propia familia se ha ido integrando a trabajar con ella, pues sigue habiendo desempleo.

Xochicualli ha generado empleos gracias a la maquinaria que han mandado hacer de acuerdo a su necesidades y condiciones, también apoyan a productores con talleres de ingeniería mecánica para que se capaciten y crezcan por ellos mismos, y se conviertan en proveedores.

“Como mujer en lo personal me siento muy satisfecha y contenta de haber podido apoyar a otras personas. Yo los invito a que tengan sueños emprendedores, ya que nosotras las mujeres somos el pilar de la familia, no será fácil, pero todas somos trabajadoras y por otra parte darán el ejemplo a los hijos ya que aprenderán hacer mejores y a que crean en sus sueños, porque tenemos el carácter para hacerlo”.

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Las tierras de Don José vuelven a producir alimentos después de 50 años

Tláhuac, Ciudad de México a 05 de noviembre de 2019.-Col morada, chile, amaranto, maíz y hasta algo de jitomate es lo que Don José cultiva por primera vez en su parcela después de 50 años. La falta de agua y la alta salinidad habían hecho que sus tierras fueran abandonadas después de que su abuelo las recibiera en dotación al término de la Revolución.

Ahora replican en 40 hectáreas el modelo que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, junto con el Gobierno de la Ciudad de México, impulsaron en tierras de Don José. En 20 hectáreas sembraron maíz y en 20 más amaranto.

“Se llevaron el agua de nuestros acuíferos, resecaron la tierra. Hay asentamientos diferenciales muy pronunciados donde hay partes inundadas y partes muy secas donde no pueden germinar las semillas”, explica José Jiménez López, Presidente del Comisariado Ejidal de Santiago Tulyehualco y del Sistema Hidro-Agrícola del Sureste de la Ciudad de México.

Se identificó poco más de mil hectáreas que se encuentran sin producir en los Ejidos San Pedro Tláhuac, Santiago Tulyehuelco, San Juan Ixtayopan y San Andrés Mixquic, alcanzando en los dos primeros el 98 y 94 por ciento de abandono respectivamente.

El abandono de la zona se fue gestando desde los años 40’s, cuando los manantiales en los ejidos fueron entubados, reduciendo la productividad por fala de agua; en los 60’s ocurrió el quebranto del sistema productivo bovino-leche en la Ciudad de México dejando sin mercado a la producción de forrajes; y desde los años 80’s a la fecha se mantiene la sobreexplotación de los mantos freáticos, provocando hundimientos y agravando la salinidad de los suelos.

Don José explica que los ejidatarios realizaron gestiones para volver a introducir el riego y realizaron actividades de nivelación y mejoramiento de los suelos.

“Vamos a tratar de reactivar las 335 hectáreas de nuestro ejido”, afirma Don José.

“El primer trabajo que se hizo fue el estudio correspondiente para conocer la composición de la tierra, se hizo levantamiento topográfico para conocer la pendiente que tenía y ya después se niveló, se metió maquinaria y se niveló para darle la pendiente adecuada y que el agua regara los surcos”, explica el Presidente del Comisariado Ejidal de Santiago Tulyehualco.

La reactivación productiva en Tláhuac es posible con la creación de un programa especial que contemple proyectos que integren topografía, análisis de suelo, nivelación, drenes, yeso y asistencia técnica sobre manejo de suelo, producción agrícola y mercado de circuitos cortos. Pero es especialmente importante aprovechar la motivación de los productores por la intervención.

“Se puede ver ahora los resultados, con cultivo de coles maíz y amaranto. Es un terreno muy fértil ya que está compuesto en un 9% a 10% de materia orgánica. Tenemos cultivos como la col morada que nunca antes se habían sembrado antes”, dice Don José.

Héctor Xolalpa Ramos, Presidente del Consejo de Vigilancia del Ejido Santiago Tulyehualco afirma que él no tiene un interés particular en este proyecto, sino general, para que haya trabajo nuevamente en el ejido.

“Tendremos para comer maíz criollo. Necesitamos que nos orienten y nos apoyen, que nos den el acompañamiento técnico para salir adelante”, dice Xolalpa Ramos.

Pedro Martel Fragoso, Secretario del Ejido Santiago Tulyehualco comenta que buscan que la gente se motive para que sigan trabajando el campo.

“¡Mi mayor deseo es que la gente siga impulsándose al campo, queremos salir adelante con los proyectos que tenemos!”, finaliza Martel Fragoso.

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Cuando la vida cambia y florece

Xochicoatlán, Hidalgo a 31 de julio de 2019.-Entre orquídeas, lilis, anturios y lisianthus, 127 mujeres de los municipios de Xochicoatlán y Tianguistengo, del estado de Hidalgo, han visto sus vidas cambiar.

Maribel Ramírez mira el invernadero y recuerda cuando vivía en la Ciudad de México: “Ya viví en la ciudad, regresé porque ya me había fastidiado el tráfico; para trabajar había que salir a las cinco de la mañana, había que sacar lo del micro, lo del pesero. Uno gana más pero aquí en el rancho también se trabaja bastante, acaba uno lleno de tierra, pero es fascinante.

Fue en 2012 cuando con apoyos para la agricultura familiar que otorgó el Gobierno de México y con el acompañamiento técnico y metodológico de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México que se introdujo la producción de flores ornamentales para generar ingresos, primordialmente para las mujeres.

“Nosotros siempre quisimos tener un invernadero de flores, hubo la posibilidad de que llegaran las orquídeas, pues con la ayuda de los facilitadores es que se logró este proyecto. Nos capacitan, nos enseñan el manejo de las orquídeas inclusive para llegar a la venta. Hemos vendido en el municipio, hemos mandado a Chiapas, el arreglo ahora que vino el Papa, nosotros mandamos la flor”, recuerda Maribel.

El proyecto abarca 13 localidades: Tlacolula, Tlahuiltepa, Xoxocoatla y Texacal, en el municipio de Tianguistengo; y Acatepec, Tlaxcoya, Michumitla, Texcaco, Mixtla, Molangotzi, Culhuacán, Chinameca y Tenango en el Municipio de Xochicoatlán.

Hoy en día su producción alcanza las 11 000 varas y se distribuye para venta regional y nacional, generando ingresos con autoempleo. Actualmente comercializan en los mercados de Jamaica en la Ciudad de México; a la Central de Abastos de Ecatepec de Morelos, en el Estado de México y en florerías de las ciudades de Pachuca, Zumpango, Tizayuca y Tecámac, y en los Estados de Veracruz y Chiapas.

Con la floricultura han casi triplicado sus ingresos económicos: pasaron de dos mil pesos mensuales iniciales, con dependencia de programas de gobierno y subsistencia, a hasta 66 mil pesos anuales.

Con la metodología de FAO se formaron 58 promotores comunitarios, 39 mujeres y 19 hombres, que acompañan los proyectos productivos y promueven el desarrollo de capacidades de desarrollo humano y social, productivas y técnicas en las 13 comunidades, acompañando y motivando a las y los productores de flores en sus respectivos proyectos.

Además del proyecto de floricultura, se han desarrollado otras actividades para la producción familiar de traspatio.

“Nos ha beneficiado en la nutrición, en los ingresos; ahora nuestro gasto para comprar alimentos ha disminuido, pues nosotras mismas los producimos y estoy segura que vienen tiempos mejores con el invernadero de flores”, comenta Cesiah Ramírez, de la comunidad de Texacal, municipio de Tianguistengo.

Maribel, por su parte, compara su anterior vida en la capital del país: “Allá hay que comprar todo, la lechuga, que si un kilo de huevo… aquí tenemos la posibilidad de producir. Y el aire que respiramos… es una vida totalmente distinta”.

Con capacitación, se está fortaleciendo el capital humano. Maribel explica: “Por ejemplo en el manejo de las gallinas, de cómo haya un poco más de producción, el manejo de huertos, cómo preparar nuestras verduras y el excedente sacarlo a la venta”.

Con la metodología de FAO se propició también el fortalecimiento de la economía. Se crearon 12 Fondos de Ahorro Comunitario en la región, que cuentan con 144 socios; ahorran y otorgan préstamos para fortalecer sus iniciativas productivas, cuentan con infraestructura propia y perciben ingresos.

Todas estas acciones han contribuido a su empoderamiento y especialmente a la toma de decisiones tanto productivas como económicas.

Maribel finaliza: “Nuestra vida ha cambiado totalmente, en vez de levantarse en las mañanas y echar la flojerita, voy al invernadero a ver las orquídeas, a cuidarlas… económicamente hemos tenido un cambio. No voy a decirle que somos ricos porque no lo somos, pero vamos para allá”, asegura mientras abre una nueva sonrisa.

 

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Transformar el nopal para ganar más

Milpa Alta, Ciudad de México. Doña Anastasia Catalina Pérez Guzmán camina entre las plantas de nopal empujando una carretilla en donde coloca las pencas que están listas para ser cosechadas, sus manos están enfundadas por sendos guantes de plástico para evitar pincharse con las espinas.

Desde la altura de la serranía de la segunda Alcaldía más grande de la Ciudad de México se ve a lo lejos la ajetreada urbe donde Anastasia y su familia comercializan sus nopales.

“Es una actividad en la que se involucra toda mi familia”, afirma la mujer que ya ronda las seis décadas de vida.

La producción de esta cactácea significa empleo para seis personas o más en primavera cuando el benévolo clima hace que broten pencas, literalmente todos los días, es cuando por la sobreproducción caen los precios.

“En todo el año hay temporadas de producción alta y baja y en los meses que hay sobreproducción el precio del nopal baja mucho. En invierno la producción es muy poca y el precio en el mercado es alto y en marzo a junio hay sobreproducción”, explica Anastasia.

Ella y su familia poseen una parcela de 8 200 metros cuadrados para el cultivo del nopal que tienen la característica que está libre de pesticidas y herbicidas.

En la capital del país, el principal productor y consumidor de nopales del mundo, esta planta se vende por cientos: en la época de baja producción 100 nopales grandes se venden en 250 pesos y los nopales cambray a 150 pesos, pero con sobreproducción una caja con 500 nopales de cambray se comercializa en 15 pesos.

Es por esta problemática que Anastasia decidió transformar su producto para darle valor agregado y mejorar sus ingresos. “Hemos empezado a procesar el nopal, el producto, en una galleta para poder ganar un poquito más económicamente”, nos platica.

Semanalmente produce en promedio 100 paquetes de 100 gramos de galletas de nopal y amaranto, los cuales comercializa en el Mercado de Productores que impulsó el Gobierno de la Ciudad con el acompañamiento técnico de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

“El beneficio es que de alguna forma doy a conocer la galleta y también todo lo relacionado a la producción del nopal y ya no tengo que acudir al mercado de acopio, se vende a un poquito a mejor precio”, afirma.

A través del Mercado de Productores, se busca acercar a productores y consumidores de manera directa para crear cadenas cortas agroalimentarias, que implican proximidad geográfica, organizacional y social, fortaleciendo el desarrollo de un sistema alimentario urbano sostenible, inclusivo y resiliente.

“A mí me encanta el convivio que hay directo del productor al consumidor y ellos también escuchan lo que uno les dice de cómo uno cultiva o procesa la galleta. Gracias a Dios, siempre que he ido al Mercado de Productores pues ya no tengo nada, si logro vender todas mis galletas”, finaliza Anastasia.

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DON JOSÉ, UN BRACERO CONOCIDO COMO “EL 45”

Por A. Gilmore/Reversos/The Exodo

“Le sufría uno, bastante, qué carajo”, Don José recuerda. Sentado esperando que el día termine. A sus 89 años, Don José recuerda las tres veces que se fue.

–La “bracereada” empezó por el 48. De ahí para acá empezó a cambiar la gente.

Entre el gobierno de Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán muchos mexicanos se convirtieron en mano obrera de Estados Unidos, como Don José, que estuvo más de tres veces como campesino que cobraba un dólar la hora.

–Todos ya murieron. Los contemporáneos que fueron de aquí, ya murieron.

A la Mixteca Baja de Puebla llegó el periódico con la noticia para hacerlos parte del grupo de trabajadores que cruzaría la frontera. Se tenían que ir a la capital a hacer fila.

–Cuando llegaba uno, ya había un “filadero” para que se anotara uno.

Miles de campesinos veían una oportunidad ante el campo mexicano abandonado.

“El primer año que me fui fue en el 57, uno tenía que estar al pendiente y cuando veía uno que ya salía, tomaba el tren y llegaba a México, ahí a la Ciudadela para anotarse, pero luego cambió, llegaron a Puebla”.

“En el periódico El Sol de México, el primer día de enero salía la convocatoria y una vez en lista, tomaba camino”, dice Don José como el coronel de guerra de los Mil días. “Cuando llegaba uno, ya había unas 500 gentes esperando o mil”, dice.

“Tabasco, Veracruz, Puebla, Querétaro, Zacatecas, Durango, así se extendió por el país y nos fuimos. Pero no era así de fácil, entonces salía del pueblo como pudiera y tenía que llegar primero hasta Sonora al centro de contratación”.

Había otro en Monterrey. Los que llegaban a Sonora los mandaban a California y Arizona.

–No te miento, un ferrocarril jalando veinte furgones, lleno de braceros. Ni qué asiento ni comodidad. Te sentabas como te acomodabas. Sufría uno mucho, a veces viajabas ocho o hasta 15 días antes, y le sufrías hasta que saliera la lista donde estabas.

“Uno pasaba a las oficinas gringas. Con la cartilla uno entraba y uno salía de bracero: 3 meses, 2 meses lo más que te contrataban era 6 meses, y la última vez que estuve de 45 días”, dice don José.

“Ya allá, primero estás en el campo de llegada y ahí están recibiendo a la gente.

“Yo era el 45 y nos descargaban, qué carajo. Tenías que saber en qué lista te tocaba y guardar tu cartilla porque ahí te decían”. Don José se rasca la cabeza como para sacar más recuerdos.

–Sufría uno, qué ibas a cargar una maleta para irte. Cuando estabas allá, ahorrabas más lavando que comprando ropa, pero era barata la ropa. Un pantalón “libáis” y tres camisitas menos de 5 dólares, de regreso ya viene uno con tiliches.

“Como el coronel esperó la llegada del trato del gobierno mexicano y estadounidense para recibir el pago que se dio a los braceros, pero muchos no cobraron porque perdieron su carnet y así se fue acabando. Ya nunca nos hablaron, ya no hubo más inscripciones, yo esa vez era el 45”.

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Valor y nobleza definen 43 años de mi oficio de tablajero: Juan García

Por Ernestina Gaitán Cruz

Juan García Ramírez tenía 27 años de edad cuando se enfrentó a la muerte. El toro que iba a sacrificar se soltó y enfurecido lo arrinconó entre los cuerpos inertes de otras reses. El animal lo corneó en la espalda sin darle oportunidad de defenderse.

Han pasado casi cuatro décadas de aquel día en que el animal al que iba a clavar la daga se le rebeló y se fue contra él, “Dios me protegió”, dice. Aún recuerda el hecho que al morir el animal, él sintió, una gota de descarga helada le recorrió del centro de la cabeza hacia la pierna derecha y salió por un dedo del pie.

Su trabajo es matar animales, lo ha hecho durante 43 años y nunca ha sentido ni lástima, tristeza, miedo o irritación como aquella vez, cuando se enfrentó a la fuerza y furia de aquel toro, cuenta en entrevista.

“Era un toro de cuernos muy grandes, yo lo iba a tumbar pero se cortó el mecate y cuando me acerqué a clavarle el cuchillo se me vino encima. Y dije: “hasta aquí nomas”. Me puso el cuerno en la espalda, le aventé una pierna de res y la atravesó con la punta del asta, lo mismo hizo con otro pedazo de carne hasta que ,no sé ni cómo, poco a poco salí y me puse a salvo”.

Hoy puede contar su historia en el oficio que inició cuando tenía dos décadas de vida. Fueron tiempos de trabajo rudo porque no sólo era lidiar con la fuerza de los animales, sino ir primero por ellos al corral que estaba fuera de la ciudad y llevarlos caminando hasta el rastro.

“A veces el toro corría y atrás íbamos con la reata jalando, para que siguiera la trayectoria que uno quería. Llegábamos acalorados a cambiarnos de ropa y prepararnos para matarlo”, relata en las instalaciones del rastro de la colonia Reforma Agraria en la ciudad de Oaxaca.

Empezó a trabajar como tablajero por herencia y necesidad económica, no había otra cosa qué hacer más que seguir la trayectoria de sus padres, Manuel García López y Francisca Ramírez Cruz, quienes así mantuvieron un hogar de nueve descendientes quienes también se dedicaron al mismo oficio.

“Yo iba a la escuela, quería estudiar Medicina, pero tenía que aprender el trabajo, siendo hijo de carnicero y que no aprendiera, pues no. Vi cómo se mataba al puerco, cómo se hacia el chicharrón, era muy laborioso. Así que me incliné por la carne de res. Trabajaba en la madrugada, me gustó tener las tardes libres”.

Al principio le impresionó matar a un animal, relata, la sensación pasó al pensar que era un trabajo y se acostumbró. Quiso ser más rápido que los demás tablajeros, y mejor al tener mucho cuidado al cortar las piezas.

“Cuando empecé se usaba un puñalito chico que se le clavaba en la nuca. El toro caía fulminado y moría rápido, casi igual que con la pistola que usamos ahora. Con el puñal a veces era más difícil porque le podía fallar a uno y el toro se enojaba mucho. Con la pistola es más fácil”.

Se le hace una cortada en el cuello para que se desangre durante cuatro y cinco minutos. En diez minutos ya está muerto. Luego se le quita la piel, antes era con puro cuchillo actualmente se usa la desolladora y la carne sale muy limpia.

Se sacan las vísceras, se lleva a la sierra para hacer el canal en dos, viene el pesaje, el destazado, un poco de reposo para que se enfríe, luego a la cámara de refrigeración, y al día siguiente la carne está lista para trabajarla, es decir cortarla y llevarla a las carnicerías.

No hay ceremonia más que encomendarse a Dios para que todo salga favorablemente, dice, y lo único que se respeta es que el animal muera bien, que acabe de fallecer porque no muere al instante. Hay ocasiones en que el toro siente todavía, mueve sus manos, sus brazos, agoniza, siente las cortadas. Aunque sea animal no está bien cortarlo cuando todavía siente.

Orgulloso de su trabajo, cuenta que le satisface hacerlo con responsabilidad y contento, para que todo salga bien, así se hace un ambiente bonito, disfruta la convivencia y la comida con sus compañeros. Las mujeres aún no se animan a dedicarse a este oficio, “si quisieran, cómo que no, sí podrían hacerlo”.

Cuenta que con 40 centavos que ganaba por limpiar tripas, comía arroz, un taco de garnacha y de orejas en vinagre, “¡a qué rico guisaban antes!”, platica mientas se saborea al recordar los alimentos que degustaba en el mercado al que era asiduo cliente.

Comía carne y ahora por las dietas consume poca res y nada de pollo ni de cerdo: “El chicharrón sí, a ese sí le entro. Me compro mi tramo y me lo como en una tortilla calientita con un pedazo de queso. También tlayudas sin tasajo. No me gusta ya la carne. Pero eso sí, me salgo a un pueblo y veo que hacen tortillas calientitas y digo: Señora deme unas tortillas con poca carne y chile verde. Me acuerdo y digo: ¡Cómo no traigo un pedazo de tasajo!”

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Los últimos apicultores de San Antonio Tecómitl

San Antonio Tecómitl, Ciudad de México. Jorge Isaac Suárez Melo, de 29 años de edad; Francisco Lenin Bartolo Reyes, de 24; y Diego Elizalde Murillo, de 26; son los últimos apicultores del ejido San Antonio Tecómitl.

Los tres jóvenes apicultores se resisten a dejar la actividad apícola. Junto con los padres de Jorge Isaac: Jorge Suárez Mendoza y Maribel Melo Medina, que tienen cerca de 40 años en la actividad apícola, fundaron en 2013 la cooperativa Construir en Raíces, dedicada a la producción y comercialización de productos de la colmena, amaranto y frutas de temporada.

A aproximadamente 40 kilómetros del Zócalo de la Ciudad de México, en la Delegación Milpa Alta, en las colindancias del Estado de México y Morelos, está la parcela donde desarrollan su actividad, rodeado de pinos, robles y manzanos, mantienen dos apiarios con 40 colmenas cada una que producen alrededor de dos toneladas de miel al año, también aprovechan el polen, propoleo, jalea real y producen hidromiel.

“Desde niño me involucré con las abejas, yo en lugar con plastilina jugaba con cera, es una relación bien cercana. Descubrí su organización y no me cabe duda que nosotros como humanos tenemos que aprender más de ellas. Todos nos involucramos en la familia, desde limpiar bastidores, fundir cera, alambrar”, comenta Jorge Isaac, quien es licenciado en historia, pero su verdadera vocación y herencia familiar es la apicultura.

Su producto lo comercializan actualmente en el Mercado de Productores de la Ciudad de México, que impulsa la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades con el acompañamiento técnico de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), así como en el Mercado Alternativo de Tlalpan, en cafeterías y tiendas especializadas.

“Antes se distribuía solo en la comunidad y algunos intermediarios. Ahora en el Mercado de Productores nos ha servido mucho como experiencia para valorar el producto, le da visibilidad a nuestro proyecto. No necesitamos grandes intermediarios y podemos ofrecer nuestro producto de calidad directamente y con un precio justo tanto para el productor como para los consumidores”, afirma Jorge Isaac.

Para la señora Maribel su participación en el Mercado de Productores los ha beneficiado mucho: “primero comercializar, nada de que se nos echan a perder las cosas, no tenemos que buscar un intermediarios y poder platicarles a los clientes para que son buenos nuestros productos, cuáles son sus características y beneficios”.

Además, la Sociedad Cooperativa, realiza una labor importante de educación al consumidor, diferenciando las mieles por cosecha y floración, así como realizando talleres y pláticas sobre apicultura y visitas agroturísticas donde los consumidores aprenden sobre el papel de las abejas en los agroecosistemas, el proceso de extracción de la miel e incluso tienen la oportunidad de colocarse el traje de apicultor y cosechar su propia miel.

Las abejas en peligro

Francisco Lenin es licenciado en producción animal por la Universidad Autónoma Metropolitana explica que las abejas son los polinizadores por excelencia, por encima de otros insectos, aves o murciélagos.

“La abeja, por el número de individuos por metro cuadrado es mucho más relevante que cualquiera de las otras especies, no hay otro polinizador que pueda suplirlos. Casi el 80% de los alimentos son polinizado por las abejas, la polinización por viento o aves se da en el trigo o maíz, lo demás es por abejas”, explica Francisco Lenin.

Es por ello que estos apicultores hacen un llamado de atención: las abejas están en peligro.

“El uso de pesticidas y la falta de biodiversidad floral por la agricultura tecnificada, el síndrome de colapso de la colmena, el cambio climático que cambia las etapas de floración y afecta la producción son algunos de los peligros que tienen las abejas”, afirma Francisco Lenin.

Jorge Isaac resalta otros factores que afectan a las abejas y a la actividad apícola: “Es multifactorial, la urbanización nos está afectando, antes teníamos las abejas más cerca de la zona urbana, ahora nos hemos tenido que ir alejando cada vez más. Enfermedades como la varroa y la africanización, también son grandes enemigos, junto con los agroquímicos y la agricultura convencional”.

“Un mundo sin abejas limitaría la vida del ser humano, la biodiversidad se reduciría, prácticamente nos morimos todos”, asevera Francisco Lenin.

Es por ello que estos apicultores, los últimos de San Antonio Tecómitl, hacen una invitación a todos los que viven en las ciudades: “las personas que no están en vinculación directa con la apicultura pueden ayudarnos comprando miel directamente del productor, para que podamos seguir ejerciendo nuestra actividad, sembrar jardines para que existan flores donde puedan obtener su alimento las abejas, hacer conciencia de la utilización de agroquímicos y si se encuentran a una abeja no matarla, solamente nos pica si las agredimos”, finaliza Francisco Lenin.

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De la Unam al MIT: Una historia de perseverancia y éxito

  • Ahí desarrolló materiales bidimensionales para hacer microchips y paneles solares

Ricardo Pablo Pedro parece tres personas a la vez, lo delata su nombre. Es egresado de la licenciatura en Química de la UNAM, y en mayo será el único mexicano y universitario de origen indígena (zapoteco) en obtener el grado de doctor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en el que desarrolló materiales bidimensionales para hacer microchips y paneles solares.

Quienes lo escuchan no podrían negar esa trilogía, debido a su aguda destreza para afrontar los obstáculos, de su apego a los sueños y a la aspiración. Su llaneza e ingenio lo revelan como el mismo chico que migró de La Mina, en Tuxtepec, Oaxaca, donde las piñas aromatizan la tierra solar.

“En Boston me he dado cuenta de que los universitarios tenemos suficiente potencial, la UNAM lo tiene, ojalá los medios de comunicación subrayaran eso; esta universidad nos da todo, y todo es prácticamente gratis, por eso hay que esforzarnos, no decir ‘no puedo’, arriesgarnos, salir de la zona de confort”, recomendó.

“Yo soy de La Mina, ahora ya mucha gente sabe dónde es; ahí dormir en hamaca es bastante cómodo. Mi historia es como la de miles de mexicanos, y en mi pueblo había una ley: ‘naces y mueres pobre’, aun así, ahora no me siento alguien extraordinario, sólo soy feliz.

“¿Qué sigue?, quiero aplicar para ver si puedo hacer un posdoctorado, y a largo plazo deseo ser docente, ya sea aquí o en el extranjero; mi siguiente sueño es ir a Corea”.

El egresado de la Facultad de Química (FQ) y Premio Nacional de la Juventud 2017, impartió la conferencia “Cómo la ciencia ha cambiado mi vida. Los sueños se pueden cumplir”, en donde aseguró que la ciencia le ha ayudado a cumplir su anhelo, aun cuando no se considera lo suficientemente bueno para hacerla.

Originario de Tuxtepec

Ricardo compartió que nació en casa de sus abuelos, pasó su infancia entre Morelos y Oaxaca, vendió limones, aguacates, fue canastero. En la preparatoria se enteró que existía la UNAM, pero no tenía dinero para pagar el examen de admisión, así que ‘boteó’ para alcanzar ese objetivo.

En la facultad vendió dulces para mantenerse, dormía en casa de sus compañeros. “Algunos me invitaban a comer, pero mi dieta esencialmente fue a base de bolillo o torta de tamal con agua, y cuando no resistía el hambre mejor dormía y asunto arreglado… hagan la prueba”.

En la Ciudad de México vivió en Culhuacán, en Santo Domingo, “en cuartos que ni ventanas tenían, podías morir y nadie se daría cuenta, pero cuando llegó mi carta de aceptación al MIT dije una y otra vez: ‘yo creo que se equivocaron’, no me la creía, hasta que llegué allá y pregunté por el lavadero, se rieron, allá no existe eso”, relató.

Ricardo compartió que algunos días se levanta y se pregunta si merece estar en Boston. “Tardé tres años y medio en ir de nuevo a mi pueblo; le llamaba a mi madre por teléfono y todo mundo se enteraba porque sólo hay uno en todo el lugar. A veces he querido dejar la escuela, porque me he sentido solo y a mí me encantan las fiestas, pero sí voy al antro”, sonrió.

Ante el apoyo de tanta gente, Ricardo Pablo Pedro dijo que en mayo “todos se graduarán con él”, incluida su madre, a quién admira totalmente, pues no estudió, no sabe leer ni escribir, “pero yo he cumplido su sueño. En ocasiones me pregunta: ‘¿cómo vas en la escuela?, ¿no terminas de estudiar?, ¿cuándo vas a trabajar eh?’”.

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