Incendios por generadores de violencia en Sinaloa, Durango y Chihuahua (II)
SINALOA, PUEBLOS EN EL ABANDONO
Ciudad de México, 31 de diciembre.- Lupita espera en la cancha de futbol de la primaria de Chirimoyos, mientras su esposo recibe atención médica por una úlcera estomacal que le ha provocado vómitos con sangre. Habla en voz baja y recuerda lo ocurrido dos meses atrás, cuando hombres armados retuvieron a su hijo de 15 años durante horas, le revisaron el celular y lo presionaron por información sobre la ubicación de campamentos rivales.
“No le hicieron nada, pero se llevó un buen susto. Ahora casi no sale; me ayuda en la milpa. Vamos a sembrar y de regreso”, recuerda.
Es la mañana del sábado 30 de agosto y la escuela primaria de la comunidad funciona como clínica temporal. Las aulas cerraron hace casi un año por la violencia y hoy son consultorios. En la cancha donde antes jugaban los niños ahora hay sillas de plástico para recibir a los habitantes de Chirimoyos, La Petaca y El Cuatantal, tres poblados ubicados en la sierra del sur de Sinaloa, casi en los límites con Durango.
Es la primera brigada médica organizada por Periferia Subversiva, un colectivo de Mazatlán que intenta cubrir el vacío dejado por las autoridades.
Entre agosto y noviembre de 2025, el colectivo Periferia Subversiva, realizó tres brigadas médicas en comunidades de la sierra. Todas sus actividades se mantienen de manera autogestiva.
Los jóvenes se movilizaron a través de redes sociales, reunieron donativos y convocaron a médicos. Durante la jornada atendieron casos de diabetes e hipertensión; encontraron niños sin vacunas actualizadas, y agotamiento emocional marcado por depresión, ansiedad y enfermedades relacionadas con el estrés.
“La gente no se reconoce como víctima, pero todos refieren que están estresados por lo que está sucediendo. Su salud mental está muy afectada”, explica Mariela Reyes, médica rural que forma parte de las organizadoras.
En el último año la violencia desestabilizó por completo la dinámica de las comunidades. Los maestros dejaron los pueblos por los enfrentamientos y los médicos se marcharon luego de ser obligados a atender a los heridos de los grupos armados.
La clínica comunitaria y pública del IMSS Bienestar (Servicios de Salud del Instituto Mexicano del Seguro Social para el Bienestar), cerró sus puertas y no las ha vuelto a abrir desde entonces.
Cuatro aserraderos en donde trabajaba la mayoría de los pobladores fueron destruidos e incendiados para impedir que las facciones rivales tomaran el control de la producción maderera. Las tiendas de abarrotes vaciaron sus estantes y cerraron por orden de los armados que buscaban cortar el suministro al enemigo. La población quedó atrapada entre la escasez, la falta de servicios médicos y el temor constante.
“A todas las tiendas de los pueblos nos ordenaron cerrar. Fue porque los muchachos armados bajaban de los campamentos y llegaban aquí al pueblo a comprar comida. Tuvimos que deshacernos de todo”, suelta una tendera de Chirimoyos.
Sus habitantes fueron obligados a abandonar la comunidad debido a sus presuntos vínculos familiares con el grupo contrario.
Durante meses, drones sobrevolaron los bosques y lanzaron explosivos que encendieron las montañas. Los enfrentamientos intentaban frenar el avance de grupos enemigos. Los pobladores vieron el fuego avanzar entre los pinos sin que nadie pudiera detenerlo.
Era bastante lumbre por todos lados y al mismo tiempo. Para donde volteara había incendios”, recuerda María Claudia, habitante de Chirimoyos que acudió a la brigada por medicamentos para la hipertensión.
Ella misma participó como “lumbrera”, como llaman en el pueblo a quienes combaten los incendios. Uno de esos días de mayo, las llamas estaban por alcanzar las primeras casas de madera en la entrada del poblado. La comunidad entera se movilizó. Mujeres, hombres, jóvenes y niños salieron con picos, palas y rastrillos improvisados para abrir una brecha que frenara el fuego.
Trabajaron dos días enteros pero las llamas no cedieron. La lumbre rodeó los cerros que resguardan los tres poblados. Durante semanas, las montañas ardieron sin que los pobladores pudieran hacer más que resistir y esperar.
CHIHUAHUA, DESPOJO EN LA SIERRA TARAHUMARA
En los municipios del sur de Chihuahua, que colindan con el norte de Sinaloa y Durango, el acoso criminal contra la población indígena de la Sierra Tarahumara, se ha recrudecido en el último año por la disputa interna entre tres grupos criminales del Cártel de Sinaloa.
Pobladores y activistas, que pidieron reservar su identidad por seguridad, cuentan que los armados incendiaron bosques como estrategia para desplazar comunidades y apropiarse de los recursos forestales, especialmente de la madera.
En esta región destacan los incendios forestales ocurridos fuera de temporada. Entre diciembre de 2024 y febrero de 2025, en los municipios serranos de Batopilas, Guachochi, Guadalupe y Calvo, Guazapares, Morelos y Urique, se registraron 13 incendios atemporales que arrasaron con unas 600 hectáreas de bosque, una situación que no había ocurrido al menos en la última década.
Según el análisis realizado con cifras de Global Forest Watch, en Guachochi, Guadalupe y Calvo, Guazapares y Morelos, el pico de alertas en temporada irregular se dio incluso en marzo de 2025.
Uno de estos incendios llegó desde Bacayopa, municipio de Choix, Sinaloa. Durante dos días grupos armados se enfrentaron. Algunos habitantes aseguran que uno de los bandos prendió fuego al bosque para expulsar a los rivales ocultos en la montaña.
Otros sostienen que el incendio inició tras la quema de vehículos en la carretera. Las versiones coinciden en que el fuego avanzó y cruzó fronteras estatales sin que nadie pudiera controlarlo.
“Los incendios de este año fueron por el crimen. En toda la Sierra Tarahumara se ha metido el crimen para apoderarse del bosque. Utilizaron drones para asustar a la gente y que no hicieran ninguna denuncia contra ellos”, relata un poblador de Guachochi.
Un enfrentamiento entre grupos criminales en Choix, Sinaloa, provocó un incendio forestal que se extendió a Morelos, Chihuahua.
Según los testimonios recabados en la misma zona, los grupos armados han endurecido el control sobre estas comunidades: corrompen a las autoridades ejidales, se apoderan de la industria maderera y despojan a las familias de animales domésticos y alimentos.
Según el líder de una organización indígena de la sierra Tarahumara, la violencia se ha vuelto parte de la vida cotidiana.
“Si encuentran comida que están preparando, hasta eso se llevan; ahora para alimentarse andan pidiendo tortillas, y si no, mandan hacer tortillas a la fuerza. Quien se ponga rebelde es amenazado. Hace unos meses mataron a un poblador indígena porque trató de defenderse del abuso que están cometiendo”, cuenta.
El líder señala que el miedo ha obligado a familias enteras a dormir en el monte para proteger a mujeres y jóvenes ante el riesgo de incursiones nocturnas y reclutamientos forzados, y otras familias han decidido huir a ciudades como Delicias, Chihuahua capital y Cuauhtémoc, que están a más de 400 kilómetros de sus viviendas.
La organización Consultoría Técnica Comunitaria A.C., que acompaña jurídicamente a comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara, contabiliza tres desplazamientos masivos en el último año que coinciden con las zonas donde se registró el mayor número de incendios.
Entre septiembre y diciembre de 2024 más de 700 personas abandonaron poblados del municipio de Guadalupe y Calvo, y en junio de 2025 se reportó el éxodo de hasta 3,000 habitantes del municipio de Moris.
“Las comunidades quedan en medio de esta violencia, no solo del fuego cruzado, también del acoso para que abandonen el territorio o para que jóvenes y hombres sean reclutados. Muchos huyen para protegerlos”, explica una representante de la organización.
En el último año, en medio de la guerra interna del Cártel de Sinaloa, se han asegurado más de 5,562 artefactos.
DURANGO, LA GUERRA DESDE EL AIRE
A principios de noviembre de 2024, cuando iniciaba la batalla intestina del Cártel de Sinaloa, la sierra de Durango fue uno de los primeros territorios en sentir la crudeza de la violencia. Durante una semana, dos avionetas sobrevolaron los municipios de Tamazula y Santiago Papasquiaro, conocidos por ser refugio de la familia de El Mayo Zambada. Las aeronaves lanzaron bombas que estallaron en las montañas.
“Fue un temor muy feo, vino una avioneta a aventar cuatro bombas. Se estremecieron hasta las casas”, recuerda una vecina de Vascogil, un poblado de Santiago Papasquiaro.
La escalada de violencia se reflejó también en la cantidad de incendios que arrasaron esta zona de Durango. Más del 40 por ciento del fuego forestal de Durango en 2025, se concentró en los bosques de Tamazula, extenso municipio que limita con Badiraguato, Culiacán y Cosalá, territorios de Sinaloa.
Pobladores de Santiago Papasquiaro, Durango, captaron el momento en el que una avioneta lanzó varios artefactos explosivos. Uno de ellos dice: “Parece que soltó otra”.
En mayo de 2025, el gobernador de Durango, Esteban Villegas, reconoció que la cifra histórica de incendios estaba vinculada con la violencia que golpeaba la sierra.
“Lo voy a decir tal cual es: hemos tenido más incendios históricos en la zona de Tamazula, pegada a Sinaloa. Nosotros creemos que son incendios provocados por las estrategias de los mismos grupos. Por eso se nos han disparado este año los incendios forestales y las hectáreas dañadas”, declaró.
El análisis realizado con las cifras de Global Forest Watch, confirma que el municipio de Tamazula ha tenido crecimiento exponencial en sus hectáreas perdidas por incendios durante la temporada de sequías, es decir, de abril a junio. Mientras que en años anteriores a 2025 el pico fue de 9,000 hectáreas, en este periodo el crecimiento escaló a más de 22,000 hectáreas.
Esto equivale a más del doble del tamaño de la alcaldía de Iztapalapa, en Ciudad de México.
El consultor en seguridad, Alexei Chévez Silveti, explica que el empleo de drones, minas terrestres y explosivos artesanales, revela la evolución de los grupos criminales y la adopción de tácticas y herramientas de corte militar.
“Lo que estamos viendo hoy en día es el uso de artefactos explosivos que tienen mucho más poder letal y de destrucción que una granada o una bomba artesanal, y esto es una carrera donde el estado mexicano va rezagado”, advierte.
Chévez afirma que el crimen organizado utiliza drones comerciales y agrícolas, cuyo costo oscila entre los 800 y 30,000 dólares, que en moneda mexicana va de los 15,000 a los 500,000 pesos. Originalmente, los drones le servían al crimen para acciones de vigilancia, pero hoy son adaptados para lanzar explosivos como C4 o Semtex, utilizados en la industria minera.
Para la elaboración de este reportaje solicitamos información sobre estos comportamientos anómalos de incendios a la Comisión Nacional Forestal (Conafor). Sin embargo, hasta el cierre de la edición, no recibimos respuestas.
Mientras los grupos criminales perfeccionan sus herramientas de guerra, la sierra intenta recuperarse. Con la temporada de lluvias el bosque reverdece, pero las marcas de los incendios persisten en los troncos carbonizados y en el ánimo de las comunidades. El conflicto aún no ha terminado.
*Este reportaje periodístico fue coordinado por El Universal y realizado en alianza con Mongabay Latam. (El Universal) Investigación: Miriam Ramírez. (Redacción MEXICAMPO).
