La batalla del agua también la batalla por los alimentos
Por Francisco Alarcón
Fotografía: Daniel Sandoval/CIMMYT
Texcoco, Edomex, 22 de marzo.- La disponibilidad de agua para la agricultura está disminuyendo en muchas regiones del mundo, poniendo en riesgo la producción de alimentos y la estabilidad de los sistemas agroalimentarios.
En el Día Mundial del Agua, el CIMMYT destaca cómo la ciencia agronómica, el acompañamiento técnico a comunidades y las alianzas con productores, agroindustria e inversionistas impulsan prácticas que mejoran la salud del suelo, aumentan la eficiencia en el uso del agua y contribuyen a conservar el recurso del que dependen los sistemas alimentarios.
Durante la temporada de siembra en el Bajío, en el municipio de Cortázar, Guanajuato, se realizaron pruebas de riego y aforo de canal para medir el volumen de agua que ingresa a las parcelas bajo riego por gravedad.
Paralelamente, en parcelas con sistemas de aspersión se llevaron a cabo mediciones de presión y caudal para monitorear el desempeño de los sistemas y optimizar el uso del agua en campo.
Mientras que en el norte de México, cada ciclo agrícola comienza con una incertidumbre que ya no es excepcional: no saber si habrá suficiente agua para sembrar.
En algunas regiones, esa incertidumbre ya se ha convertido en decisión. Menos superficie cultivada, cambios de cultivo o incluso parcelas que se dejan sin sembrar. Lo que ocurre en estas parcelas no es un fenómeno aislado, sino una señal de transformación más profunda en la forma en que se producen los alimentos.
La Organización de las Naciones Unidas advierte que el planeta ha entrado en una etapa de “bancarrota hídrica”, en la que se extrae más agua de la que la naturaleza puede reponer. Este desequilibrio ya impacta ríos, lagos y acuíferos, y se comienza a reflejar en la producción agrícola.
Aunque el agua cubre cerca del 70 por ciento de la superficie del planeta, solo 2.5 por ciento es agua dulce y menos del 1 por ciento está disponible para consumo humano, agricultura e industria. Al mismo tiempo, la demanda crece impulsada por el aumento poblacional, la urbanización y los efectos del cambio climático.
En este contexto, la agricultura ocupa un lugar central: alrededor del 70 por ciento del agua dulce disponible se destina a la producción de alimentos. Cuando este recurso disminuye, el impacto no se limita al campo.
La escasez de agua en zonas agrícolas se puede traducir en menores rendimientos, reducción de superficies sembradas o cambios productivos. Estas decisiones se acumulan y se reflejan en mercados más volátiles, cadenas de suministro tensionadas, y finalmente, en la disponibilidad y el precio de los alimentos.
Así, la disponibilidad de agua en el campo está directamente conectada con la seguridad alimentaria de las ciudades.
UN CAMBIO EN MARCHA EN EL CAMPO MEXICANO
En México, esta presión ya está modificando las condiciones bajo las cuales se produce alimento. La sobreexplotación de acuíferos, la variabilidad climática, el aumento de temperaturas y la disminución de lluvias han comenzado a limitar la disponibilidad del recurso en distintas regiones.
Hoy en día, de los 653 acuíferos en México, 111 están sobreexplotados, según la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA, 2024). La mayoría de estos, se encuentran en el norte y el centro del país.
Investigadores del Instituto Interamericano de Tecnología y Ciencias del Agua (Rico Firo et al., 2026) mostraron recientemente, que bajo los efectos del cambio climático, en el futuro 136 acuíferos se considerarían de alto riesgo; de estos, Conagua ya hoy considera 70 en estado de sobreexplotación.
ACUÍFEROS SOBREEXPLOTADOS EN MÉXICO
Actualmente, 111 de los 653 acuíferos del país presentan condiciones de sobreexplotación, concentrándose principalmente en el norte y centro del territorio. (Fuente: Conagua, 2024).
En el norte del país, la reducción en los niveles de presas ha obligado a ajustar ciclos productivos. En el Bajío, uno de los principales motores agrícolas, el desafío consiste en sostener la productividad mientras se conserva el agua que la hace posible.
Este contexto refleja un cambio profundo en la relación entre agricultura y agua. Durante décadas, el aumento de la producción estuvo asociado a un mayor uso del recurso hídrico.
Hoy, el desafío es distinto: producir más cultivo por cada gota de agua, es decir, aumentar la productividad hídrica de los sistemas agrícolas -tanto de riego como de temporal-, reduciendo la huella hídrica sin comprometer los rendimientos y protegiendo los ecosistemas que sostienen el ciclo hidrológico.
Nivel de vulnerabilidad de los acuíferos en México bajo el escenario de cambio climático SSP5-8.5 (altas emisiones). Las zonas con mayor vulnerabilidad se concentran en el norte del país, donde se proyecta una reducción en la recarga y mayor presión sobre el agua subterránea. (Fuente: Rico Firo et al., 2026).
En distintas regiones del país, la innovación agrícola ya genera resultados concretos y medibles en la eficiencia del uso del agua. En el Bajío mexicano, la adopción de prácticas sustentables como la tecnificación del riego en el cultivo de cebada ha permitido ahorrar más de 1.5 millones de metros cúbicos de agua entre 2016 y 2025, como parte del proyecto Cultivando un México Mejor, impulsado por CIMMYT y HEINEKEN México.
En Guanajuato, con el respaldo del proyecto Agriba Sustentable -una colaboración entre PepsiCo México, Grupo Trimex y CIMMYT-, el uso de camas permanentes ha demostrado mejorar el aprovechamiento del agua en cultivos como el trigo.
Esto se explica por una mejor retención de humedad en el suelo, lo que permite reducir la frecuencia de riego y aumentar la eficiencia en el uso del agua, apoyado por herramientas como tensiómetros para monitorear los niveles de humedad en el suelo y programar fechas de riego cuando realmente el cultivo los necesita.
En Apan, Hidalgo, el proyecto Aguas Firmes, impulsado por Grupo Modelo y la Cooperación Técnica Alemana en México (GIZ), con CIMMYT liderando el componente de agricultura sustentable, ha demostrado que mejorar la salud del suelo contribuye a la recarga de acuíferos, al favorecer la infiltración del agua y reducir su escurrimiento.
Esta iniciativa opera en tres regiones clave -Calera (Zacatecas), Apan (Hidalgo) y la Ciudad de México-, donde la presión sobre el agua subterránea es alta y la agricultura desempeña papel determinante en su conservación, evidenciando como la acción coordinada desde el territorio puede incidir en la sostenibilidad de los recursos hídricos.
El uso de sistemas de riego eficientes, como el riego por goteo, permite optimizar la aplicación del agua directamente en la zona radicular del cultivo, reduciendo pérdidas por evaporación y mejorando la eficiencia hídrica en la producción agrícola.
ADAPTACIÓN Y TRABAJO COLECTIVO
En algunos contextos, mejorar la eficiencia no es suficiente. La disminución del agua disponible está obligando a replantear qué se produce y cómo se produce.
En regiones donde cultivos tradicionales como el maíz enfrentan mayores limitaciones, CIMMYT impulsa la adopción de cultivos alternativos como el sorgo, frijol gandul o el girasol, que son más resilientes y capaces de adaptarse a condiciones más secas y variables, particularmente en zonas áridas y semiáridas.
Este enfoque combina innovación genética y manejo agronómico. Desde el desarrollo de variedades de maíz y trigo más tolerantes al calor y la sequía, que tienen mejor eficiencia en el uso del agua, hasta prácticas como la agricultura de conservación o el riego por goteo, el objetivo es producir más con menos agua, conservar el suelo y reducir el uso de insumos.
La conservación del rastrojo como cobertura del suelo permite aumentar la infiltración y retención del agua, reducir la erosión y mejorar la salud del suelo a largo plazo, fortaleciendo la eficiencia hídrica tanto en sistemas de riego como de temporal, fundamentales para la seguridad alimentaria.
La adopción de estas soluciones ocurre en el territorio, donde el acompañamiento técnico y el trabajo con comunidades -incluyendo la participación activa de mujeres-, resultan esenciales. Al mismo tiempo, la magnitud del desafío ha impulsado alianzas entre productores, gobiernos, empresas y organizaciones.
A medida que la disponibilidad de agua cambia, también lo hacen las bases de la producción de alimentos. Lo que hoy ocurre en las regiones agrícolas anticipa escenarios que se podrían ampliar si no se transforman las formas de gestionar el recurso.
En este contexto, conservar el agua es también proteger la capacidad de producir alimentos en el futuro. Porque, en un mundo donde este recurso es cada vez más limitado, la batalla por el agua también es la batalla por los alimentos.
Referencias:
Rico Firo, C. et al. (2026). Evaluación de la vulnerabilidad futura de los acuíferos de México ante el cambio climático.
CONAGUA (2024). Estadísticas del agua en México. (Redacción MEXICAMPO).
