Mujeres ciencia futuro

Por Francisco Alarcón

Texcoco, Edomex, 4 de marzo.- El liderazgo de mujeres agricultoras, científicas y tomadoras de decisión está en el corazón de la transformación de los sistemas agroalimentarios. La ciencia prospera con la diversidad: desde los laboratorios hasta las parcelas, mujeres que hacen crecer la ciencia también alimentan el futuro.

La transformación sostenible de los sistemas agroalimentarios no ocurre únicamente en los territorios rurales donde se siembra y se cosecha. También se configura en laboratorios, mercados y espacios de decisión -desde la política pública hasta la agroindustria-, así como en redes de distribución y cadenas de valor que conectan la producción con millones de personas en todo el planeta.

Lo que ocurre en las comunidades que producen alimentos repercute directamente en la estabilidad económica, la nutrición y la resiliencia climática a escala global.

En ese entramado que sostiene la seguridad alimentaria, las mujeres desempeñan papel estructural: producen, investigan, gestionan, articulan y toman decisiones, que hacen posible que los alimentos estén disponibles hoy y en el futuro.

La evidencia es clara: cuando las mujeres prosperan en la ciencia y en la agricultura, las comunidades prosperan y el futuro se fortalece.

La diversidad de perspectivas no solo amplía el conocimiento científico, sino que también mejora la pertinencia de las soluciones que buscan responder a desafíos complejos como el cambio climático, la degradación de suelos o la inseguridad alimentaria.

Con presencia en el Sur Global, particularmente en México y Centroamérica, el Centro Internacional para Mejoramiento del Maíz y Trigo, ha consolidado en México una infraestructura científica activa en 16 estados, con 46 plataformas de investigación agronómica que generan evidencia en condiciones reales de producción.

Estas plataformas funcionan como espacios de colaboración donde productores, técnicos, gobiernos estatales y sector productivo validan soluciones adaptadas a cada territorio. En este ecosistema -que conecta investigación, innovación y trabajo en campo-, las mujeres participan como agricultoras, técnicas, investigadoras y lideresas comunitarias, fortaleciendo la capacidad colectiva para transformar los sistemas agroalimentarios.

En el sureste del país, en colaboración con el gobierno de Quintana Roo y organizaciones locales, se han intervenido más de 10,000 hectáreas con prácticas sostenibles y se han probado 10 innovaciones agrícolas adaptadas a las condiciones regionales. Quince organizaciones comunitarias han fortalecido su acceso a mercados formales, mientras soluciones postcosecha han reducido pérdidas hasta en 35 por ciento. Sistemas participativos y casas de semillas han contribuido a reforzar la autonomía productiva y disminuir la dependencia de insumos externos.

Agricultoras del estado de Quintana Roo que participan en procesos de innovación agrícola impulsados por el CIMMYT. A través de capacitación, organización comunitaria y adopción de prácticas sostenibles, las mujeres fortalecen su liderazgo en la transformación de los sistemas agroalimentarios locales.

En este proceso, la inclusión financiera y el fortalecimiento organizativo han sido determinantes. A través de este enfoque, se han fortalecido 15 organizaciones con 250 personas asociadas, duplicando las metas iniciales. La participación de mujeres ha alcanzado el 30 por ciento, y jóvenes y mujeres lideran acciones de economía social en sus comunidades.

Cinco organizaciones se han formalizado, se han desarrollado modelos de negocio comunitarios y se ha vinculado a productores con clientes reales, permitiendo capitalizar incrementos de rendimiento que en algunos casos, pasaron de 700 kilogramos a dos toneladas mediante la adopción de innovaciones.

Si bien los resultados alcanzados son significativos, es importante reconocer que estos avances se desarrollan en contextos marcados por brechas estructurales, como el acceso limitado a tierra, financiamiento y asistencia técnica, así como la sobrecarga de trabajo no remunerado que enfrentan muchas mujeres rurales.

Visibilizar estos desafíos permite dimensionar el alcance transformador de las intervenciones y subrayar que los logros no ocurren en condiciones neutrales, sino en escenarios donde la desigualdad sigue siendo factor determinante.

Para productoras como Sara Aguilar García, de la comunidad La Buena Fe, estos procesos representan cambios concretos en la forma de producir y decidir.

“La transición yo creo que se empieza es mental. Cuando nosotros cambiamos nuestra manera de pensar, cambiamos muchas cosas”.

Aplicar prácticas más sostenibles y reducir el uso de químicos no ha sido solo una mejora técnica, sino una decisión vinculada a la salud y al futuro de su familia.

En otras regiones del país, como el Bajío, una de las zonas agrícolas más importantes y con creciente presión hídrica, el proyecto Cultivando un México Mejor, muestra resultados que ya están transformando los sistemas productivos.

Entre 2016 y 2025, la adopción de prácticas sustentables en cultivos como la cebada permitió ahorrar más de 1.5 millones de metros cúbicos de agua. La combinación de agricultura regenerativa y riego tecnificado redujo hasta en 40 por ciento el uso de agua por hectárea y generó incrementos de rendimiento de hasta 16 por ciento, contribuyendo a la sostenibilidad económica en la región.

En estas plataformas, mujeres técnicas y profesionales participan activamente en la adopción de prácticas regenerativas, en la gestión eficiente del agua y en la toma de decisiones productivas que impactan cadenas de valor completas.

Al mismo tiempo, mujeres científicas lideran investigaciones estratégicas en cultivos como maíz y trigo, generando evidencia que respalda políticas públicas e inversiones. También existen mujeres en espacios de decisión que impulsan modelos agrícolas sustentados en conocimiento científico, articulando alianzas que permiten que las innovaciones escalen.

La inclusión de mujeres en la producción, la investigación, el financiamiento y la gobernanza agrícola, no responde únicamente a un principio de equidad. Es una condición para enfrentar los desafíos contemporáneos de los sistemas agroalimentarios.

La inclusión financiera ha funcionado como palanca estructural para la resiliencia territorial. Más allá del acceso a mercados, fortalece la capacidad organizativa, mejora la negociación en las cadenas de valor y permite capitalizar los incrementos de productividad.

De esta manera, conecta la innovación agrícola con sostenibilidad económica y mayor autonomía en la toma de decisiones, especialmente para mujeres y jóvenes.

Desde la sede global del CIMMYT en México, y en sus oficinas regionales en Asia y África, mujeres científicas lideran y participan en investigación aplicada que conecta el conocimiento con el territorio y genera impacto para la agricultura y la seguridad alimentaria a nivel global.

Reconocer el papel de las mujeres en el corazón de los sistemas agroalimentarios implica también el compromiso de continuidad. CIMMYT reafirma su decisión de trabajar junto a agricultoras, científicas, técnicas y lideresas, fortaleciendo redes de innovación y promoviendo soluciones basadas en evidencia que contribuyan a sistemas alimentarios más justos y resilientes. La transformación de los sistemas agroalimentarios es proyección hacia el futuro.

LLAMA LA FAO ACELERAR LA IGUALDAD DE GÉNERO

A su vez, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer /este 8 de marzo), y la celebración del Año Internacional de la Agricultora 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), subrayó que en América Latina y el Caribe, las mujeres desempeñan papel esencial en la producción, transformación, distribución y comercialización de alimentos.

Representan el 36 por ciento de la fuerza laboral en los sistemas agroalimentarios de la región, con participación especialmente significativa en los segmentos no agrícolas, donde el 71 por ciento, se concentra en actividades como el procesamiento y la comercialización.

“Sin embargo, persisten desigualdades estructurales que limitan su autonomía económica y su productividad. Las mujeres rurales enfrentan menor acceso a la tenencia de la tierra, a servicios financieros y tecnológicos, y soportan una sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados”.

Estas brechas también se reflejan en la seguridad alimentaria. En América Latina y el Caribe, más mujeres que hombres padecen hambre: en 2022, la brecha de género en la inseguridad alimentaria moderada o grave alcanzó los 9.1 por ciento, y tras haberse ampliado drásticamente en 2021 hasta 11.5 por ciento, en parte como consecuencia de la crisis provocada por el Covid-19.

“A este escenario se suma la alta exposición de la región al cambio climático. El aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos, como sequías e inundaciones, impacta negativamente al sector agrario y profundiza las que enfrentan las mujeres rurales”. (Redacción MEXICAMPO).

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