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El vergonzante disfraz del Estado contra la violencia de género

Sin tanto rollo

EDUARDO GONZÁLEZ

Al menos hace 40 años el entonces gobierno del Distrito Federal, decidió separar a hombres y mujeres entre los usuarios del Sistema de Transporte Colectivo Metro, y nadie dijo nada, a la desfachatada respuesta a un grave problema de salud pública.

Una sociedad mexicana históricamente reprimida sexualmente, llena de prejuicios y falsos valores de respeto hacia la mujer, y que hoy confirma la lapidaria sentencia de miles de mujeres en todo el mundo y específicamente en México, en contra de ese Estado omiso de atender lo que ahora es ya una crisis: la violencia de género, “el violador eres”.

Un fenómeno real que hoy es el pan nuestro de cada día: la violación, los feminicidios, el acoso sexual, la violencia de pareja y familiar.

Que en el caso de la vida cotidiana en la Ciudad de México, para negar el rotundo fracaso de lo que fue un propósito preventivo como la declaratoria de Alerta de Género, junto con la Ley de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia aprobada en 2007, ha convertido en delito el atrevimiento de los hombres que ocupen vagones y espacios reservados solo para mujeres del Metro y Metrobús.

En países como Holanda, no hay sanitarios públicos de género, el mismo servicio es utilizado por hombres y mujeres, eso como simple ejemplo de la igualdad de género.

En las grandes ciudades del planeta es inconcebible que viajen en el Subway de Nueva York o en el Tube de Londres, separados hombres de mujeres. Extranjeros que llegan a la CDMX, muestran confusión a tan extraña medida, que hoy en mamparas con imágenes en andenes y vagones aparecen letreros para disuadir a “calenturientos caballeros” del acoso a mujeres y a menores de edad.

En esta vergonzante situación, es hoy el clero a través de la Arquidiócesis que el pasado 8 de diciembre lamentó la separación en el transporte de hombres y mujeres.

Hay que cambiar dijo, “la cultura en la que la mujer puede ser motivo de desprecio y muerte, lo que habla de una enfermedad en la sociedad (…), nuestra sociedad no está bien y que sea separarnos de esta forma es señal de enfermedad”.

Para sanar a nuestra sociedad enferma en lo que se dificulta la convivencia cotidiana de hombres y mujeres, apuntó “debemos ser educados y formados desde la infancia y a lo largo de toda la vida en el respeto y la complementariedad”.

Lamentó por igual las noticias diarias sobre feminicidios y violencia contra la mujer, “en un ambiente de deterioro social cotidiano, se han suscitado actos de terrible agresión y de vergonzante impunidad”, concluyó el clero mexicano.

El sexenio anterior en evidente vulgar ocurrencia, el gobierno de la CDMX, repartió silbatos para que las mujeres lo tocarán en señal de auxilio al ser víctima de algún abuso o acoso.

En la capital se presentó la negativa a decretar la Alerta de Género, “porque no había funcionado”, se argumentó, bajo la numeralía que de los 32 estados sólo en 13 se había aplicado.

No se pudo contener la presión social y derivado del imparable problema en el diario vivir de los habitantes de esta zona del país, se dio nota a la alerta, la cual obliga a incrementar los rondines policiales en áreas señaladas, mejorar la iluminación de ciertas zonas, capacitar a servidores públicos en perspectiva de género, instalar módulos de atención específicos para tratar casos de violencia contra mujeres.La aplicación de la medida tiene características propias para quien hoy es la actual titular en el gobierno de la CDMX, no, no hay una línea que marque el antes y el después para curar a la enfermiza sociedad mexicana.

No existe la aplicación de una política de paz, donde la sociedad vea el actuar de la autoridad, no existe una condena pública a la violencia de género, el contenido de la programación en la televisión comercial mantiene el esquema de poner a la mujer como objeto de deseo.

Estructurar una estrategia que de paso al cambio cultural, que atienda los elementos que prevalecen en la mentalidad de la población, del folclórico machismo y la denigración de la figura femenina.

Por lo pronto se mantiene la máxima del expresidente Vicente Fox,  de mirar a la mujer como la lavadora de dos patas, de convertir a la mujer en la hermana y madre sumisa, sufrida y abnegada, que nos entregó la época de oro del cine mexicano, y por lo tanto el vergonzante disfraz del Estado, dividir en el transporte masivo capitalino a hombres y a mujeres.

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