Sin tanto rollo

Por Eduardo González Silva

Pese a que la clase política de este país se ha empeñado puntualmente en poner límites y barreras a su futuro, jóvenes –hombres y mujeres-, han advertido que a la adversidad se le enfrenta con el rostro en alto y la mirada firme hacia el horizonte, rumbo a un mar para ellos si deseosos de que sea promisorio.

La fuerza de la naturaleza desde sus entrañas, volvió a poner en jaque el mismo día, pero con diferencia de 32 años y un par de horas a la capital del país, la que los ha visto nacer, y ahora herederos de una nación atrapada ya por largo tiempo, en una crisis que para muchos sobrepasa la edad que tienen, agudizada en el día tras día, por un infernal sistema de gobierno que aplasta desconsideradamente a la mayoría de sus habitantes.

Desde hace cuatro días, por iniciativa propia decidieron poner su fuerza, su juventud, su alegría y su corazón a disposición de la que saben es su tierra, y por ella harán lo necesario, para poner nuevamente de pie a México, como un país justo, fuerte, próspero y con rostro humano.

Conocen que sus padres han luchado por sacar a su país adelante, padres muchos de ellos profesionistas altamente calificados ahora en el desempleo y en la economía informal, con raquíticos salarios que apenas alcanza para la sobrevivencia, otros desplazados de las oportunidades por quienes ostentan el poder político y económico, reprimidos en muchos casos, pero que por la posición social adoptada son ni más ni menos que la conciencia de la nación.

Los que han acusado y señalado los abusos cometidos contra la clase trabajadora, y contra el grueso de la población, del desprecio hacia estos mismos jóvenes, que salieron y tomaron las calles de la capital y de cuando menos otros seis estados de la República, para darle la mano al caído, rescatar al atrapado entre los escombros, que con generosos actos dar esa señal para este México, que demanda la transformación de todas sus estructuras.

Que  les pide ahora sean ellos los que lleven a puerto esa nave que se niega a hundir, que la fatalidad no es eterna, con un pasado que enaltece nuestra historia, con páginas que hablan de un esplendor que ubica al país como sede de una de las culturas madre de la humanidad.

Con la informalidad en su manera de vestir, zapatos tenis y mezclilla, se han convertido en voluntarios, en rescatistas, en héroes anónimos que en bicicleta, en patineta o a pie, se han movilizado para hacerse presentes en las labores de remoción de escombros, para poder sacar con vida a quienes han podido respirar aún y con las pesadas losas que los atraparon el fatídico martes 19 de septiembre.

Están ahí, aquí y siempre, es momento que la sociedad en su conjunto les ofrezca la disculpa que requieren escuchar al haberlos apodado “ninis”, que el desprecio y la marginación en que los ha ubicado la clase política, identifique en ellos su capacidad de respuesta de una mejor vida para la nación entera.

La nueva generación de compatriotas quiere sobresalir, destacar junto con todo México, compartir sus capacidades y su sabiduría, ponerla al servicio de la gran mayoría, para competir ante el mundo, ese que sabe del potencial que tiene esta tierra, de la inagotable riqueza que existe aquí, y de la que ahora dan brillo y luz estos jóvenes mexicanos.