Por: Yolanda Hernández Escorcia

Antes de salir a pastorear su rebaño de ovejas, Rosa deja todo listo en casa; el quehacer doméstico, el nixtamal molido para elaborar sus tortillas, la comida preparada, la leña para el fogón, el agua que va a traer de un arroyo cercano en un cántaro y los lazos para sacar a los borregos del corral y camina hacia la pradera.

Rosa ésta embarazada de cinco meses y aun así lleva a su hija Imelda de dos años de edad, cargada sobre su espalda, como si fuera un mecapal con leña, arriando a sus ovejas sostenidas del cuello por unos lazos, también siempre lleva consigo, una cubeta para darles agua y otros instrumentos que usara para cardar e hilando la lana, mientras cuida a su rebaño.

Sonriente asegura  que no complicado, cuidar a sus borregas mientras carda lana porque las  amarrada a un lazo de no más de 40 centímetros que  sujeta a una estaca clavada al suelo y les permite moverse por el pasto  sin correr ni alejarse demasiado de ellas.

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Por lo general las madres muy jóvenes como Rosa, se hacen acompañar de sus pequeñas hijas a quienes van incorporando poco a poco a esta actividad, que disfrutan porque ellas también aprovechan para jugar en el campo.

La relación afectiva que establece con cada una de las ovejas es muy especial porque las conoce desde recién nacidas y sabe quién es cada una de ellas. Esto les impide realizar cualquier acto de violencia o sacrificio para comérselas con su familia.

La suegra de Rosa, una de las ancianas del pueblo, toda su vida ha trabajado con los borregos; sin embargo como ya no puede andar la montaña, hoy ella ayuda a Rosa en el hogar, lavando, hilando y cocinando, mientras su hijo Pedro y su nieto regresan de quebrar la tierra y sembrar rábanos y lechugas.

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Con los escasos conocimientos que tiene  la pequeña Imelda, adquirido durante sus dos primeros años de vida, jala hacia su madre una de las cuerdas con las que están amarradas las ovejas para impedir que se dispersen, aunque en el intento caiga más de una vez por el suelo, porqué el peso del animal la vence.

Al volver por la tarde, Rosa retira a cada uno de los carneros un bozal especial,  tejido con zacate de Jovel que antes colocó para protegerlos de comer hierbas malas y venenosas, que se puedan encontrar en el monte, les quita los lazos para que dentro del corral puedan rumiar con libertad, y así termina su día.

Esa intensa relación afectiva con los borregos, es reproducida por cada una de las mujeres de esta Región de Los Altos de Chiapas, desde hace más de 500 años, cuando los españoles trajeron para su consumo alimenticio los primeros ovinos a América.

Un animal que tiene un nombre propio, que proporciona la materia prima para tejer la ropa de toda la familia y al que regaña cuando se porta mal; un animal por el que se reza, y se llevan ofrendas al templo, que no puede ser sacrificado, porque no es un simple animal doméstico, ni una mascota, un animal que es parte de la familia.