Redondo

MARIO RUIZ REDONDO

 

Había dejado días atrás la sede de la Iglesia Católica Mundial, donde enviado por el periódico EXCELSIOR de la ciudad de México,  estaría a cargo de la información del fallecimiento el 28 de septiembre de 1978, así como del ceremonial luctuoso del Papa Albino Luciani, en la Santa Sede, quien sería conocido como Juan Pablo I.

Apenas seis horas después de haberse anunciado su muerte, el ahora columnista estaba en el aeropuerto Benito Juárez de la capital del país. Listo a  las cuatro de la mañana, para partir a mi primer trabajo internacional, a bordo de un avión jumbo de Panamerican Airlines (PANAM), que haría una escala en Nueva York, antes de cruzar el Atlántico, para arribar a Roma.

Fin de un efímero liderazgo en El Vaticano, de 33 días con sus soles y sus lunas, del “Papa de la Sonrisa”. Pronta llegada de los cardenales provenientes de los cinco continentes, para rendir el último adiós al efímero Vicario de Cristo, cuyos restos mortales serían depositados finalmente en las grutas vaticanas, el 4 de octubre.

Los llamados “príncipes del catolicismo”, darían comienzo al día siguiente, los trabajos previos al Cónclave Cardenalicio”, para elegir al sucesor de la Iglesia de Pedro. Fase final del análisis de los protagonistas de la sucesión, cuyos trabajos iniciarían formalmente el día 14, para llegar al desenlace  el 16, en que de la gran chimenea visible desde la gran Plaza, donde decenas de miles se mantenían apostados en espera de la buena nueva, saldría el humo blanco que anunciaba la designación del polaco Karol Wojtyla, que adoptaría el nombre de Juan Pablo II.

Antes de llegar a esa etapa crucial, el reportero recibiría la llamada telefónica del jefe de Información, Alejandro Iñigo, que daría la instrucción de no aguardara el desenlace del Cónclave y viajara de inmediato a Madrid, para cubrir lo concerniente a la primera visita a México del rey Juan Carlos I, en noviembre de ese año, antes de que el Legislativo aprobara la nueva Constitución, que enterraría en mucho el funesto pasado dictatorial histórico de más de cuatro décadas.

Llegada a la capital española, para entrevistar a personajes del gobierno y la política, sobre la trascendencia del viaje del monarca, dos años después de la reanudación de relaciones diplomáticas, canceladas en tiempos del Presidente Lázaro Cárdenas, en respuesta al golpe a la democracia propinada por el dictador-general Francisco Franco, que derivaría en una masiva migración ibérica a México.

Por aquellos días, de mis 26 años, tendría la oportunidad de conocer y tratar a un extraordinario ser humano, Don Marcelino Oreja Aguirre, canciller del Gobierno de la España de Adolfo Suárez González, al que tuve el gusto de entrevistar y pedir su consejo para poder hacer lo mismo con el rey.

Me explicaría que legalmente no era posible, porque la Constitución se lo prohibía, por lo que me aconsejaba buscar la oportunidad, mediante mi acreditación ante el Palacio Real de Madrid, la casa oficial de Sus Majestades los Reyes, Juan Carlos I y Sofía (ellos vivían en el Palacio de la Zarzuela), aprovechando que viajarían al pueblo de Guadalupe, en la provincia de Cáceres, distante 217 kilómetros de la capital, para presidir el 12 de octubre, el “Día de la Hispanidad”.

Así lo hice y ya en el antiguo monasterio, encontré de nuevo a Don Marcelino, en la parte alta del recinto, teniendo de por medio una escalinata que comunicaba al salón principal, donde el monarca permanecía todavía con los embajadores de América Latina, después de la ceremonia conmemorativa del “Descubrimiento de América”.

Recuerdo, que en tono de complicidad, el canciller me diría: Mario, lo único que le puedo decir, es que en dos minutos más, Don Juan Carlos empezará a subir por la escalinata. Lo demás es cosa suya.

Fue así, que cuando el rey empezó a subir, inicie el descenso, y a la mitad del avance, sin mayor protocolo saludé de mano al rey y me presenté como enviado del Periódico de la Vida Nacional, para preparar informativamente todo lo relacionado con su viaje a México.

Lo primero que me respondió es que no podía dar una entrevista, por lo que le pedí que me hiciera un comentario de la importancia de su visita. Y sin más, el monarca hablaría de su admiración por la trascendencia y liderazgo mexicano en el ámbito latinoamericano, así como del agradecimiento por la decisión del Presidente Lázaro Cárdenas de recibir generosamente a miles de españoles exiliados, además de las tareas comunes para lograr la unidad iberoamericana.

Una charla informal de varios minutos, suficiente para redactarla como la entrevista deseada y lograda, con el beneplácito del jefe de la diplomacia de España, que me abriría el camino para su realización.

Celebración histórica, pues ese día Juan Carlos y Sofía encabezaron en Guadalupe, el acto conmemorativo de los 50 años de la Coronación canónica de la virgen, como Reina de la Hispanidad.

Al regresar esa tarde a Madrid, me comuniqué telefónicamente con mi jefe de Información Alejandro Iñigo para informarle del encuentro con Juan Carlos I, quedando por demás sorprendido, pues nunca pensó que lograría tal hazaña, al grado que el director general, Regino Díaz Redondo, madrileño de origen por cierto, me preguntaría cómo le había hecho para consumarla, puesto que él lo había intentado sin éxito. Al día siguiente, EXCELSIOR publicaría mi diálogo con el hombre fuerte de aquella nación, recién desembarazada del siniestro pasado franquista.

Desde entonces, han transcurrido casi 42 años de ese primer y único contacto periodístico en esa Región de Extremadura, con el monarca, quien el 22 de noviembre de 1975 juraría como rey de España, dos días después del fallecimiento del general Francisco Franco, asumiendo una gran responsabilidad que le permitiría desplegar sus mejores esfuerzos, para hacer retornar al país por los senderos de la vida democrática, que se le reconocería hasta el último día de su mandato, en 2014, en que abdicaría a favor de su hijo Felipe, quedando con el rango honorario de “Emérito”.

Llegaría a su cumpleaños 80, satisfecho de su legado de llevar a su patria de la mano en forma de una Monarquía Parlamentaria, que correría su mayor riesgo en la intentona de golpe militar del 23 de febrero de 1981, pero que en ningún momento alteraría la proyección internacional del pueblo e intereses españoles, hasta el último día de su mandato.

Una excelente trayectoria política plenamente reconocida por sus compatriotas, en la que el monarca no dejaría de estar exento de las tentaciones palaciegas por los amores clandestinos, que finalmente, en el ocaso de su vida a los 86 años, le convierten en el centro de un remolino de pasiones, mezcladas con cuantiosa acumulación de riqueza en bancos extranjeros, que ha empezado a aflorar por las traiciones, y que han puesto en duda su honorabilidad y honradez, al no coincidir con sus ingresos como jefe del Reino español.

Omnipotencia plena, que se derrumba al convertirse en rey emérito, como un hombre de carne y hueso, ajeno ya a su condición de intocable en su calidad de jefe de la Monarquía, ahora visto con lupa en la que es posible observar todo tipo de errores, como el del último enamoramiento plagado de escándalos, con la alemana Corinna Larsen, que lo mantiene en la mira de los reflectores de los tribunales de justicia de España y Suiza,  al haberle obsequiado 64.8 millones de euros hace ocho años, depositados a su nombre en un banco de la nación helvética.

Declaraciones por demás impactantes que exhibirían al Don Juan de La zarzuela, de la última de sus amantes, quien afirmaría que tal decisión del rey, “no para deshacerse del dinero, sino por gratitud y por amor, porque todavía tenía la esperanza de recuperarme”.

Confesiones en la primera semana de julio de 2020 ante el fiscal Yves Bertossa, en su condición de investigada junto con el abogado Dante Canónica, gestor del rey emérito, por el delito de blanqueo agravado de capitales, que de comprobarse, podría llevarlos a una sentencia de cinco años tras las rejas.

Descubrimiento de una segunda cuenta multimillonaria, vinculada con bancos de Panamá y Bahamas, en la que aparece como beneficiario su hijo Felipe VI, quien de inmediato se ha desvinculado al renunciar a toda herencia económica de su padre, a quien de manera radical ha cancelado la pensión vitalicia otorgada dentro del presupuesto del Palacio Real.

El Don Juan de la realeza en aprietos, que recibe el peor revés de manos de su sucesor, que ya de por sí tiene problemas de desprestigio de la Corona, por los actos de corrupción cometidos por su cuñado Iñaki Urdangarín, esposo de su hermana la infanta Cristina, quien cumple castigo en prisión al ser declarado culpable de sustraer recursos indebidamente de la Fundación Nóos, de índole filatrópica.

La princesa Cristina fue absuelta de los cargos vinculados con los negocios de su cónyuge, pero el daño estaba hecho en la imagen de la Casa Real, al grado que su hermano le revocaría el título de Duquesa de Palma, provocando con ello su destierro de la Casa Real, donde su presencia ha sido declarada non grata.

El más amoroso de los españoles, es víctima de su exceso de confianza en la ambiciosa amante alemana, que ahora lo ubica en un torbellino, que si antes lo definía exclusivamente como un infiel en su matrimonio con la reina Sofía, con quien contrajera matrimonio en 1962, una vez que el general Francisco Franco, su protector para arribar al poder monárquico, aprobara tal enlace, luego de haberse opuesto a la relación de Juan Carlos con María Gabriela de Saboya, hija de los últimos reyes exiliados en Italia.

Larga lista de bellas mujeres que formarían parte del mundo personal de enamoramientos del personaje central de las revistas rosas de la realeza europea, en la que sobresalen la vedette Barbara Rey, con quien mantuvo una relación de dos

décadas, a quien benefició con buena fortuna para guardar el secreto de sus relaciones.

Bueno, hasta Diana, la princesa de Gales, aparentemente sucumbiría a los encantos del rey, a quien conocería a finales de la década de los 80, cuando sería invitada a Mallorca. Presencia que se repetiría en varias ocasiones, como en 1996, cuando estaba divorciada del príncipe Carlos. Versiones palaciegas de que la amistad entre ambos llegaría a niveles de mucha intimidad, al grado de causar demasiado malestar en la reina Sofía, quien no ocultaría su enojo, cancelando su relación de amigas.

Versiones de que su aventura con la francesa Lilian Sartiau, con la que mantuviera una relación tan estrecha, sobre todo en Marbella, que dio paso a las especulaciones de que Ingrid, su hija, había sido producto del amorío con el monarca.

La popular cantante Sara Montiel, según la versión divulgada por la escritora Pilar Eyre, en su libro “La soledad de la Reina”, precisa que doña Sofía sorprendió en pleno romance a su cónyuge con la artista, situación que no perdonaría nunca, al grado de constituir el fin del matrimonio, dando paso a una relación fingida ante los súbditos españoles. Se sabría que la autora también mantuvo vínculos estrechos con el enamorado de Palacio.

Su “último pecado”, la alemana Corinna Larsen, a la que los ibéricos han bautizado como la “Corinnavirus del rey”, por su letalidad, revelaría los vínculos durante tres años como amantes, con la reconocida empresaria Sol Bacharach.

Mujeres importantes del espectáculo internacional como ocurriría en la década de los años 70, con la italiana Rafaela Carra, estarían en los afectos más allá de lo romántico, con el amoroso de la realeza ibérica, al igual que la cantante Paloma San Basilio.

Una larga y ascendente historia de un Don Juan, que habrá que seguir hurgando, a los 86 años de una vida que seguramente nunca pensó, que tendría un final de película de escándalos.

Premio Nacional de Periodismo 1983 y 2013. Club de Periodistas de México.

Premio al Mérito Periodístico 2015 y 2017 del Senado de la República y Comunicadores por la Unidad A.C.