Por: Yolanda Hernández E

En la región de la Sierra Norte del estado de Puebla, se ubica el pintoresco y hermoso pueblo de Pahuatlán, ahí hace más de 40 años el matrimonio formado por Sandra Mejía y Benito Vera iniciaron un negocio que hasta la fecha aún existe y que abastece a los hombres de campo de las herramientas más necesarias para su diario quehacer.

Sandra Mejía enviudo hace algunos años pero el amor por su esposo y el cariño que  le tiene a su negocio le hacen mantenerlo vigente. En entrevista con Mexicampo nos narra cómo les surgió la idea de abrir este comercio en donde hoy combina productos de ferretería, talabartería y jarcería:

“Empezamos con el negocio hace ya más de 40 años, vendíamos todo lo relacionado con el campo y lo que necesita un campesino para poder  trabajar. Primero eran puros productos de henequén como; morrales,  cables para lazar caballos y sujetar mulas de carga, apaches para proteger el lomo de las bestias, pero después poco a poco le fuimos  metiendo sombreros de palma,  guaraches de garbancillo,  herraduras  y mangas para los vaqueros en época de lluvia, machetes, clavos…. La idea nos surgió a Benito y a mí porqué en esta región, desde ese entonces, todo el traslado de las personas y mercancías se hacía a lomo de mula. Era parte del paisaje de la montaña ver a los arrieros yendo y viniendo con su mercancía por las brechas y veredas de las montañas que rodean a Pahuatlán”.

Contenta,  sonriente por recordar los buenos tiempos vividos con su esposo, nos relata cómo poco a poco su negocio fue creciendo al igual que su familia: “Fuimos metiendo productos, según nos lo pedían,  coas, palas, machetes, fundas y calzado vaquero. El producto que más he vendido en todos estos años  siempre ha sido el cable de henequén que me lo traen de Yucatán, viene por rollos y lo  hay  de diferentes numeraciones uno, cuatro, ocho, 10, 13 cabos, pero lo más vendibles son el 11 y 6 cabos. Los apaches los hacen en un lugar que se llama Santa María la Alta Puebla y de por allá me los traen”.

Y continúa señalando con su mano hacia las montañas que circundan al pueblo: “En toda esta región se organizan muchas cabalgatas ganaderas, y yo aquí les vendo desde la silla de montar, herraduras, clavo de herrar,  sombreros y botas vaqueras. Con las cabalgatas ganaderas, la venta de todos estos insumos se ha incrementado, porque las organizan desde el municipio de Tlacuilo a Pahuatlán y desde aquí hasta la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, son muy bonitas y cada vez participan más personas”.

Ubicado en la calle principal del pueblo, dos  puertas abatibles de madera dan entrada a un local, poco iluminado, desde donde pende lazos con su mercancía en exhibición, morrales, cinturones, sombreros, etc. Conocedora de su clientela habla a detalle de los distintos tipos de sombrero que vende: “Los que más demanda tienen son los  de palma, uno se llama chantu y el otro Taiwán, esos me  lo traen de San Francisco del Rincón en Guanajuato, hay otros que vienen de Tehuacán, Puebla, y de Zumpango en el Estado de México. Vendo también el sombrero huasteco hecho a mano que me traen de Tantoyuca, Veracruz junto con el sombrero tancoco. A los jóvenes les gusta usar el chantu y el Taiwán y los señores usan más el huasteco y el tancoco.

Entre la atención de la casa y la tienda se la ha pasado todos estos años viendo crecer a sus hijos y nietos y aprendiendo del negocio que ha diversificado con  algunos productos de mayor demanda y muchos otros han desaparecido: “Hoy ya no vendo insumos agrícolas cómo antes, solo el machete que se utiliza en el campo, deje de vender la coa y las carretillas y los cepillos, porque el señor que hacía las coas y me las traía a vender las coas era de Tenango de Doria y se murió, ahora la hacen otras personas pero se abre no está bien templada, otros la trabajan pero no me dan garantía y como ahora hay más competencia pues a mí ya no me conviene venderla”, expresa.

“En todos estos años he aprendido mucho atendiendo al campesino, conozco todas las partes de una montura, los tamaño de herradura para  caballos sin que me digan solo viendo, ya sé de qué número de herradura ocupa, esas me las traen de Acaxochitlán y el huarache tradicional de garbancillo yo ya no lo vendo, puro de plástico, en el pueblo hay talabarteros y cuando necesitan unos los mando con ellos”.

Hoy tengo la certeza de que el día de mañana nadie de mis hijos continuara con el negocio por ahora me siento satisfecha de poder ser yo personalmente quien atienda bien un negocio que con tanto cariño hicimos crecer mi marido y yo hace más de  40 años.