Sin tanto rollo

Eduardo González Silva

Con la incertidumbre aun sobre los hombros para los mexicanos y el resto del mundo, de cómo y para cuándo se declare el final de la pandemia, comenzó la aparición de la frialdad de los números -como diría don Pedro “El Mago” Septién-.

No, no es por saber la cantidad de fallecidos por esta terrible enfermedad, de contagiados superados, de los activos, de los casos nuevos en las últimas 24 horas, etcétera entorno a la pandemia, sino de las cifras que arrojó la actividad económica en México y el mundo.

A 28 días de iniciado el año, llegó el inevitable dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), esperado en los círculos económico y financiero nacional y extranjero, sobre los resultados del comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB), el valor de los bienes y servicios generados en el país en 2020.

El dato fue contundente, la contracción de la economía llegó a 8.5 por ciento, la peor para un año desde 1932, cuando se desplomó 14.8 por ciento, en aquel entonces producto del crack del 29 conocida como la Gran Depresión del siglo pasado.

La caída económica es el segundo tropiezo anual consecutivo, después de la baja de 0.1 por ciento en 2019, muy, muy lejos del abominable neoliberalismo cuando se crecía a por lo menos poco más de dos por ciento anualmente.

Justificar la caída de la economía por la presencia de la pandemia es ingresar al terreno de la especulación y las comparaciones, que si España reportó un descenso de 11 por ciento, Alemania de 5.4, y Estados Unidos de 3.5 por ciento, la peor para este último país desde la Segunda Guerra Mundial.

Todos perdieron, el mundo perdió, aunque hay que aclarar que no todos pusieron. Los gobiernos de la mayoría de naciones ricas aplicaron medidas fiscales para enfrentar la pandemia, y con ello evitar daños mayores a sus economías.

Aquí no, aquí, se argumentó e intentó llevar el tema al campo de una discusión confusa, como la de los “rescates”, cuando los priistas vendieron y compraron ellos mismos cuanta empresa pública propiedad del Estado había, y que llevaron a la quiebra.

Nada, nada que ver el apoyo fiscal al de los “rescates”, tal como sucedió en los tiempos de esplendor de la dictadura perfecta que socializó las pérdidas, y marcó el inicio de la crisis económica en México que lleva ya 40 años, producto del saqueo principalmente al sistema de pagos, a las emblemáticas aerolíneas Mexicana y Aeroméxico, y a un supuesto esquema privatizador de construcción de carreteras.

El asunto, ante la emergencia de salud pública del pasado 2020, bien habría de haber considerado al factor de suspensión de actividades de distintas ramas de la economía, para así efectivamente controlar y sortear la propagación de que la pandemia se extendiera y llegar a superar la “catastrófica” cifra de Gatell de 60,000 muertes, que hoy ronda los cerca de 200,000 fallecidos.

Pero no, no llegó ninguna estrategia o apoyo gubernamental de auxilio, para que los actores de la economía tuvieran margen de maniobra, por el contrario los recursos se trasladaron a proyectos sexenales.

Hoy la única certeza, con todo y que se desee pensar en “positivo”, es que todavía falta mucho, pero muchísimo tiempo, para lograr sobrevivir de esta terrible pesadilla, y para el conteo final como en un naufragio la cantidad de muertes, heridos y desaparecidos.

Por lo pronto, con una economía que bajo 8.5 por ciento, de ello si hay seguridad que el primer trimestre de este 2021, resultará el octavo con caída de forma consecutiva, los números, los números lo dicen, esto es así entonces lo más positivo que se puede pensar.