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El mundo es despojado del gurú de los sabores: Anthony Bourdain

Andres Méndez 

Hoy las notas hablaron de la muerte de un “rockstar de la cocina”, pero no coincido con esta nomenclatura, o al menos no ajusta para lo que yo pienso de Anthony Bourdain. Los rockstar son admirados por su desempeño desenfrenado en el arte que desarrollan: Janis por la potencia en la voz, Jim Morrison por la poesía hecha rock. Dudo que Bourdain fuera particularmente virtuoso pese a que reconozco el gran talento con el que desarrollaba sus historias de la comida. Su cocina, jamás la probé.

Se confirmó el suicidio de un inspirador de la vida; paradójico, ¿no es cierto? Al menos, en la mía dejó una profunda huella de cómo disfrutar trabajo, viajes y sabores por igual. Se “fue”un gran lector de la cultura, un total respetuoso de los “otros” a la altura de Kapucinsky. No un rockstar hecho a la medida; no un inhalador del aplauso o un autocomplaciente solista. Tony era experto en saborear, pero no resguardaba la experiencia para él, sino que la compartía y junto con esto, mostraba el camino para el que se animara a hacerlo.

Bourdain me empujó a la apreciación de la cocina y sus personajes. Cuando pude hacer clases para futuros licenciados en Gastronomía, a muchos los pude leer como Tonys en potencia. Siempre he descrito estas aventuras como entrar en una cofradía de piratas (tal como pude interpretarlo de los sucesos relatados en Kitchen Confitential). Los estudiantes me hicieron parte de su selecto grupo de rebeldes profesionales y hasta hoy, atesoro esos momentos en que compartimos una cocina. Jamás podría haber entendido esa pasión de no haber sido por A.B.

Los rockstar son recordados por sus obras en solitario y en las cocinas, no se trabaja a título personal; acaso hay algunos que se alzan el cuello con camisa ajena olvidando la camaradería. Bourdain siempre halagó a sus sous chefs, parrilleros, lavalozas y demás compinches de las finas artes de transformar los alimentos en algo comestible. Así mismo, dejó muy en claro que la cocina era un espacio multicultural y recientemente también reconoció la injusta brecha de género. La denuncia marcaba sus participaciones en la otrora políticamente correcta prensa de cocina.

Me rehúso a pensar que le tengo que agradecer a un rockstar por todo lo que indirectamente me ofreció para ser docente, la profesión que me apasiona tanto como a Bourdain la cocina. Me refiero al sustento para dar mis clases, puesto que gracias a él y otros colegas (estos sí conocidos personalmente), pude acercarme a Brillat-Savarin, Flandrin, Montanari o incluso, Bocuse. También incluyo aquí su producción literaria y audiovisual, pues más de una vez he recurrido a No Reservations para ejemplificar la alimentación o las tradiciones de algún país o región.

El mundo fue abruptamente despojado de un gurú de viajes y sabores. Ha muerto el cínico cuentacuentos de la cocina, un cómplice tácito de los chefs “que valen la pena”, un sabor oculto en el platillo, el dolor de muelas de los programas de TV convencional; un aliado feminista de las #metoo (y de muchas más). Los rockstar siguen dando shows.

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