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Flor Rodríguez, tras los aleteos del colibrí

Por Pablo Miranda Ramírez

Guadalajara, Jalisco, mayo de 2018 .-Son especies exclusivas del continente americano, con veloces alas que les permiten libertad para volar hacia cualquier dirección; también son feroces devoradores de néctar. Los colibríes son pequeños vertebrados que han cautivado a la doctora Flor Rodríguez Gómez, quien ha dedicado parte de su vida profesional a descubrir el pasado evolutivo que envuelve al ave más pequeña del mundo.

Flor Rodríguez Gómez es una científica tapatía con un doctorado en biología evolutiva por el Instituto de Ecología (Inecol), Veracruz, un centro de investigación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), institución donde empezó a moldear su futuro profesional, primero con el estudio de la genética de plantas y posteriormente colibríes.

Egresada de la licenciatura en biología, a temprana edad esta científica enfocó su interés hacia el estudio de la biología molecular, en especial en el ácido desoxirribonucleico (ADN); sin embargo, nunca le importó definirse por el estudio de alguna especie en particular. Una vez en el posgrado, conoció a sus mentores, la doctora Victoria Sosa y el doctor Juan Francisco Ornelas, y fue este último quien la encaminó al estudio de estas aves.

Como parte de los estudios de su maestría en biología molecular y genética de poblaciones, un posgrado que cursó con apoyo de una beca otorgada por Conacyt, Flor Rodríguez emprendió un viaje para analizar las poblaciones de colibríes mexicanos; su travesía incluyó los estados de Tamaulipas, Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz, Chiapas y Oaxaca, entre otros, a raíz de lo cual descubrió la disciplina que ahora investiga: la filogeografía.

“Cuando descubrí esta disciplina, la filogeografía, me enamoré. Estoy encantada por saber más sobre esto, fue un encuentro muy bueno con esta ciencia porque me dio lo que estaba buscando estudiar: había moléculas, genes, y también la parte sobre la evolución de los colibríes”.

Genética en un mapa

La doctora Flor Rodríguez menciona que la filogeografía es una disciplina relativamente nueva en comparación con otras ciencias. En este campo se aborda el estudio de las poblaciones de especies y cómo los genes de estas pueden presentar diferencias con otras como consecuencias de factores como el espacio y la distribución geográfica en que habitan.

“La idea de mi trabajo era poblacional. Ahí justamente conocí mi línea: la filogeografía, que lo que hace es ver la distribución de los genes en la geografía. Por qué los genes están dónde están”, explica la investigadora.

Durante su posgrado, estudió el grupo de colibríes Amazilia, por lo que extrajo ADN de esta ave y analizó sus genes mitocondriales y nucleares, también elaboró informes sobre las medidas morfológicas de los colibríes y sobre variables ecológicas en que habitan, como la precipitación o la temperatura, realizando modelos de distribución potencial.

Para complementar sus estudios en filogeografía, esta bióloga tuvo que leer sobre otras disciplinas y ciencias, como geografía, geología, hidrología e incluso vulcanología. Una vez concluido su aprendizaje en la maestría, buscó fortalecer sus conocimientos ahora con un doctorado, con la vista fija en el análisis de los genes de los colibríes.

En su doctorado, Flor Rodríguez Gómez estudió las especies de colibríes Amazilia viridifrons y Amazilia violiceps, y elaboró un estudio filogénico en que se estudiaba la ancestría y descendencia de estas aves, así como los procesos de introgresión (hibridación) entre ambas especies.

La investigadora tapatía menciona que halló curiosidades luego del estudio, como un mezclas de genes entre especies, pero sin que se creara una nueva (intercambio de genes por medio de introgresión), a pesar de que vivían en distintas regiones.

“Tanto en colibríes o plantas, hemos visto que hay barreras geológicas, geográficas, como montañas, ríos, desiertos o planicies, que han limitado el cambio genético, al menos entre algunas especies y poblaciones, y una de esas barreras es el Istmo de Tehuantepec, en el sureste mexicano”.

Además de continuar con estudios filogeográficos, la investigadora buscará trabajar en el estudio de los colibríes, pero ahora desde una disciplina denominada genética del paisaje, en la que se aborda la genética de las poblaciones a nivel local para relacionar las características del paisaje y las variantes genéticas de las poblaciones en un espacio en específico. 

Pequeñas y veloces aves

Hablar de colibríes emociona a la doctora Flor Rodríguez. La investigadora trabajó de cerca con esas aves y conoce el comportamiento y el linaje de estas especies de vertebrados. Explica que estos pequeños animales, al igual que los murciélagos, abejas, polillas o mariposas, son necesarios para el proceso de polinización de plantas que producen frutos para consumo humano.

“Muchos de los colibríes cumplen esa función. Gracias a ellos tenemos gran variedad de plantas con frutos que sirven de alimento para nosotros y para otras especies”.

Estas aves se alimentan principalmente de néctar para obtener energía. La doctora Flor Rodríguez señala que esta es su principal fuente de energía y algunas especies deben de comer incluso cada 15 minutos para abastecer su agitado metabolismo. En cuanto a sus enemigos en ciudad, se cree que animales domésticos, como los gatos, son sus principales depredadores.

La doctora Flor Rodríguez agrega que aunque los colibríes tienen preferencias por algunas flores en específico, la necesidad de obtener néctar en ciudades donde carecen de flores ha orillado a que estas aves busquen su alimento en plantas que usualmente no contienen los nutrientes que ellos necesitan.

La especialista sugiere a las personas que tienen jardines que planten más flores para atraer a los colibríes y que estos ayuden a la polinización. También recomienda colocar bebederos para estas aves, pero no colocar alimentos comerciales, pues el colorante que contiene el producto afecta el organismo del animal; otra sugerencia es cambiar frecuentemente el azúcar del bebedero, pues esta puede llegar a fermentarse y emborrachar al ave.

En cuanto a su cautiverio, no se recomienda, debido a que estas aves están continuamente en movimiento y estar enjaulados limita su movilidad y su calidad de vida; la doctora menciona que en promedio estos animales viven entre cuatro y siete años, pero en casos excepcionales pueden alcanzar los 12 años de edad.

Y agrega que el colibrí más pequeño, el colibrí abejorro o elfo de las abejas, vive en Cuba con un tamaño aproximado de cinco centímetros; mientras que el más grande, el colibrí gigante, puede medir hasta poco más de 20 centímetros y vive en los Andes en Sudamérica. (Agencia Informativa Conacyt).

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