Yolanda Hernández Escorcia.

San Diego, California. – Cruzó la frontera de México a Estados Unidos sólo con la ilusión de ganar mucho dinero y hacer cosas importantes en su vida. Y sin voltear la mirada hacia la tierra que lo vio nacer, Joel Rafael Morales trazó su futuro: el de un hombre exitoso, distinto al de miles de sus compatriotas que se emplean de lo que pueden.

Desde la primera vez que piso suelo norteamericano, hace 56 años, hasta el hoy que administra sus propiedades en la ciudad de Los Angeles, California, a Joel Morales la suerte lo favoreció.

“Mi fortuna empezó cuando llegue a los Ángeles, solo venía de paso porque iba hacia la ciudad de Victoria en Canadá, pero llegando me ofrecieron trabajo como pastelero y acepté. Nunca imagine que con el tiempo, ese negocio iba a ser mío, el dueño se murió de cáncer y la viuda que ya no quería saber nada de la panadería, me la traspaso. Eso se convertiría en el principio de lo que hoy es mi patrimonio y el de mi familia”, narra.

Cuando llegó de Pilcaya, Guerrero a vivir a la ciudad de México, Joel tenía 17 años y un hijo pequeño, con el que la madre había huido semanas antes. Triste por este acontecimiento sin aliciente para quedarse en su pueblo se instaló en urbe más grande del mundo para trabajar y tener dinero.

En la ciudad de México aprendió el oficio de la panadería, trabajo en tres de las más reconocidas panificadoras. Se especializó como pastelero-repostero, pero como el salario era muy bajo decidió viajar al norte; su primera parada fue Ciudad Juárez, donde permaneció ocho meses, después cruzó la frontera por el Paso, Texas siguió a Laredo, San Antonio, Broswille, Corpus Christi hasta llegar a Los Ángeles.

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Emocionado por haber logrado hacer el mejor negocio de su vida, cuenta: “La compañía Metrolin encargada de construir el metro en Los Angeles, me pago muy bien por mi propiedad, porque justo ahí donde estaba mi panadería, iban a hacer una estación. Con el dinero que obtuve de esa venta, me compre 10 propiedades, de las cuales cuatro vendí a un valor superior y seis las ocupe para alquiler, ahora vivo de mis rentas”.

“Mi panadería fue muy famosa en Los Ángeles, imagínese en 1935 vendiendo pan mexicano a los americanos. La mantuve abierta durante 32 años, me gustaba mucho mi trabajo, siempre me hizo sentir feliz, preparaba con el mismo gusto desde una concha de chocolate hasta un pastel de 20 pisos. Compré muchas máquinas, batidoras, horno, vitrinas, ahora todo eso está guardado en un cuarto.

Carismático, buen conversador, abierto, Joel reconoce: “Yo no tuve escuela, mis mejores maestros fueron los caminos que recorrí para alcanzar mis metas; llegar a ser alguien en la vida, tener un patrimonio, una familia y poder ayudar a los demás, eso me llena de verdadera satisfacción. Hoy disfruto la vida, voy a mi pueblo, visito a mis hermanos y a mis tíos”.

Ciudadano americano y agradecido por todo lo que este país le ha dado, Joel expresa orgulloso: “Para mí, México es lo máximo, por eso compre y construí una casa en Pilcaya, yo quiero que mis hijos se sientan igual que yo y estén cómodos cuando vengan con su familia”.

“Tengo nueve hijos. Con María, mi segundo matrimonio, tuve cuatro hijos y con Lupita, quien murió hace nueve años, tuve otros cuatro. A mi última pareja la conocí en mi pueblo y se vino conmigo a Estados Unidos pero no se adaptó y ya se regresó, ahora yo voy a verla seguido”.

A sus 80 años Joel Morales dice sentirse orgulloso de lo que ha logrado acumular gracias a su trabajo y perseverancia en este país que le abrió las puertas y le dio empleo, desde que lo llegó a conquistar, cuando apenas tenía 21 años de edad, y solo traía consigo la ilusión de ganar mucho dinero y hacer cosas importantes en su vida.