Guillermo Correa Bárcenas.

Desde que Barak Obama imponía record, al menos así lo difundieron medios informativos, con la deportación de migrantes mexicanos de los Estados Unidos, en febrero de hace tres años, el 73 por ciento de los estadounidenses opinó que su gobierno debería proveer a los indocumentados de un mecanismo para permanecer legalmente en ese país si cumplen con ciertos requerimientos mínimos. Eran los tiempos en que, como ahora, las organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos exigían el cese de las expulsiones, mientras que el presidente prometía una reforma migratoria integral. 

Pero nunca se logró y hoy con la llegada de Donald Trump al poder del imperio, empezó lo que se vislumbra como la más agresiva política de deportaciones de los últimos tiempos, mayor, nos dice la investigadora de la Universidad Iberoamericana, Liliana Meza González, que la ordenada por el presidente Hoover durante y después de la gran recesión de 1929; o la del presidente Eisenhower mediante la operación “Espalda Mojada”. Aunque, de acuerdo con el estudio al respecto de la Ibero, el período con mayores expulsiones fue el de William Clinton con 12.3 millones, cuya mayoría es de origen mexicano. O sea que las amenazas que han empezado a materializarse por parte de Trump no es algo novedoso, siempre se han hecho las deportaciones, aunque sin los escándalos actuales. 

Lo que sí es nuevo es la actitud de nuestros gobernantes que no se cansan de decir que todo está listo para recibir a los millones de indocumentados mexicanos que han iniciado su retorno, al grado de que el propio Presidente de la República acudió en estos días a recibir a un grupo procedente del vecino país. Bueno, hasta los dirigentes del PRI y del PAN, Enrique Ochoa y Ricardo Anaya, respectivamente, siguieron de inmediato el ejemplo de Andrés Manuel López Obrador de recorrer tierras gringas para aconsejar y defender a los llamados ilegales como anunció el líder de MORENA, al que incluso se le adelantaron. 

Obvio, el próximo año hay elecciones presidenciales y no pueden perder ninguna acción electorera, y menos permitir que en este sentido les tome ventaja al que los del PRIAN siempre han considerado un peligro para México. De esta forma no pueden negar que se aprovechan de las expulsiones, sin considerar que en el fondo cada deportación, como explica la investigadora, implica una separación y cada separación lleva aparejada una tragedia familiar. Además de que fueron los mismos gobiernos del PRI y del PAN los que primero expulsaron de su país a los mexicanos que arriesgando todo se fueron en busca de trabajo a los Estados Unidos, porque aquí nomás no encontraron. 

Lo cierto es que, según información pública, las advertencias de Donald Trump en contra de millones de migrantes no fueron suficientes para que la Cámara de Diputados tomara medidas preventivas. Por el contrario, en el Presupuesto de Egresos para 2017 redujeron los recursos destinados a los migrantes. Es el caso de la eliminación de todos los recursos del Fondo de Apoyo a Migrantes que en 2016 recibió 300 millones de pesos, y en este absolutamente nada.

Una revisión al presupuesto aprobado indica que los diputados redujeron y eliminaron, en algunos casos, recursos destinados a programas de protección a migrantes o de aprovechamiento de las remesas que estos envían. La misma nota informativa, que no ha sido desmentida, dice que “si bien los recursos destinados a la protección, asistencia y servicios eficientes y suficientes para los mexicanos en el exterior o que viajan al extranjero” por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores –misma que encabeza Luis Videgaray, quien invitó a Trump a México-  aumentarán en 2017, al pasar de 468 millones a 546 millones de pesos, en la dependencia habrá recortes que afectarán a los migrantes. 

Es así que los diputados, de todos los partidos y con raras excepciones, aprobaron en el último tercio del año pasado que la Dirección General de Protección a Mexicanos en el Exterior sufriera un recorte de 17 millones de pesos, en tanto que el Programa de Atención al Migrante de la SRE, que forma parte del anexo presupuestal  “Erogaciones para el Desarrollo integral de los Pueblos  y comunidades indígenas” quedó con los mismos recursos asignados en 2016: 75 millones de pesos que con la inflación significa menos en términos reales. En cuanto a la estrategia 3×1, creada –dice la nota— en el sexenio de Vicente Fox para vincular a los migrantes con sus comunidades de origen, sufrió una reducción del 30 por ciento, al pasar de los 685 millones de pesos que recibió el año pasado a 475 millones de pesos en el actual. Cabe recalcar que con este programa que es operado por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) con apoyo de los gobiernos de las entidades federativas, los migrantes envían dinero a sus pueblos nativos, recursos que se reinvierten en actividades productivas o de utilidad para la población, cantidad que se multiplica con aportaciones federales y estatales. 

Como se dijo antes, el problema de las deportaciones de los paisanos que trabajan en Estados Unidos siempre ha existido. En mayo de 1987 tocó al que redacta cubrir las consecuencias de una expulsión masiva y desde Zacatecas se constató cómo cientos de campesinos regresaban con sus trocas de “Gringolandia”. Con camionetas, casi garras, arrastrándose. Con sus estéreos, con ropa gringa o con televisores a color –entonces novedad en la región–. Con dólares. “Son los indocumentados que regresan a su tierra –se escribió- más por miedo, dicen, a que la Simpson-Rodino –ley cruel— se aplique en su contra a la mala y sean deportados masivamente por ferrocarril. La vuelta no es masiva, pero empieza a notarse su presencia ¿De qué van a vivir? “Sabe Dios”. 

La realidad es que en casi todos los estados del país hay poblaciones como Ermita de los Correa y Laguna Grande, en Zacatecas, que se distinguen porque sus casas están vacías, pues familias enteras se han marchado al otro lado. Y siguen saliendo, al igual que en la actualidad hacen las centroamericanas. En México es costumbre de que vienen y regresan. No son pocos los que donan hasta ambulancias, invierten lo que ganan en su tierra y dan donativos especiales a sus pueblos. Muchos se hacen de propiedades en sus municipios. Hay quienes tienen negocios allá desde hace 20 o 30 años. Miles de jóvenes los imitan en su deseo de irse a los “iunaites”. Desde chiquillos se van a buscar fortuna. Hay quienes fracasan, pero es tal el éxito de otros que, en conjunto, mandan miles de dólares diarios a México. Más de 24 mil millones el año pasado. Pertenecen a clubes mexicanos allá, por ejemplo el Club Jerezano de los Ángeles, hasta donde van gobernadores a exhortarlos a que inviertan en su tierra. Y lo hacen. Quieren a su país. En el caso de los campesinos que han huido de su miseria, regresan ostentando grandes anillos y relojes con extensibles o esclavas de oro, cadenas con crucifijo también de oro. Prácticamente su sombrero o gorra es su única identificación. 

Saben que si los echan fuera, los Estados Unidos tendrán problemas. Por eso confían en que los planes de Trump van a fracasar. El problema es que millones están sin regularizar. Antes se iban los que tienen tierras y regresaban a sembrar. Hoy se van los que no tienen nada y triunfan allá, pero, al contrario de muchos políticos, no se olvidan de México. Algunos han determinado volver, porque temen que con Trump no les den chance de traerse algo. Vuelven, unos, a sus tierras semidesérticas, donde el polvo se cuela a todas partes, a las casas de adobe que dejaron, lugares en que impera el ocio, el hambre y la miseria, donde abundan las viejas camionetas con placas de los Estados Unidos y sonoros aparatos, que antes enviaron, para que no se piense tanto en el abandono. Mire –dicen— esos animales muriéndose de hambre. Como nosotros, están en las manos de la desgracia de Dios. “¿Trabajo? Aquí no, será en otras partes. Nos vamos porque no hay empleo. No hay de dónde sacar el sustento ¿Quién nos ocupa? ¿En qué? Por eso, aunque se sufra, nos vamos. Describen: Los hay ejidatarios. El que más cuenta tiene once hectáreas, pero son piedras y hay que sacarlas. Ya no hay ni qué agarrar, afirman los que han vuelto con sus pantalones vaqueros y camisas texanas. 

Cuentan que su canción preferida es El Barzón, por aquello de las deudas. Frente a esta realidad, se confirma que quienes regresan es por miedo, no porque los corran. Y su temor comienza en la frontera de este lado, cuando les quitan sus trocas y la aduana los roba. Por cualquier cosa los detienen. Todo nos quitan, lamentan, llega uno casi encuerado. Ahí se va el trabajo de varios años en Estados Unidos. “Todos mis hijos son indocumentados, llegan a confesar y agregan: No sabemos de qué van a vivir…”.

 No obstante en todo México los gobernantes aseguran estar listos para recibirlos, mientras que los empresarios, historiadores de renombre –Krauze– e intelectuales, estrellas de la televisión, se preparan para marchar en contra de Trump porque corre a los mexicanos y atemoriza a México con lo del Muro y el futuro del TLCAN.

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